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El adversario

El adversario

por Emmanuel Carrère 2000 224 páginas
3.99
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Ideas clave

1. La mentira como fundamento existencial

Bajo la falsa identidad del doctor Romand no existía un verdadero Jean-Claude Romand.

Identidad ficticia. Jean-Claude Romand construyó toda una existencia basada en una mentira elaborada: durante dieciocho años se hizo pasar por un médico e investigador exitoso en la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra. Esta fachada impecable le permitió llevar una vida acomodada, respetado por amigos y familiares, sin que nadie sospechara su verdadera condición. Su “carrera” era una invención total, desde los títulos universitarios hasta los prestigiosos cargos internacionales, pasando por amistades con figuras políticas destacadas.

Vida paralela. Mientras todos creían que estaba ocupado en importantes investigaciones o congresos internacionales, Romand pasaba sus días vagando sin rumbo por los bosques del Jura, leyendo periódicos en áreas de descanso o visitando librerías en Lyon. Usaba los servicios de la OMS, como el correo y el banco, para dar credibilidad a su impostura, pero nunca se aventuraba a subir a los pisos superiores donde su ausencia habría sido notada. Esta doble vida, una pública y admirada, la otra secreta y vacía, era su única realidad.

El vacío interior. La mentira no era solo un medio para obtener ventajas sociales o económicas, sino que se había convertido en su propia identidad. No existía un “verdadero” Jean-Claude Romand bajo el falso médico; había un vacío, una ausencia. Esta falta de un yo auténtico lo convertía en un autómata cuando estaba solo, incapaz de sentir emociones o pensamientos profundos, salvo la angustia de no existir.

2. El origen de una doble vida

No presentarse a un examen y afirmar que se ha aprobado no es un farol audaz, el arriesgado lanzamiento de un jugador que puede funcionar o no: en este caso, el resultado es uno solo, ser descubierto y expulsado de la universidad cubriéndose de infamia y ridículo, las dos cosas en el mundo que más le aterraban.

Un pequeño error. El origen de su compleja red de mentiras se remonta al segundo año de Medicina, cuando Romand no se presentó a un examen. En lugar de confesar el fracaso a sus padres, que siempre lo habían visto como un hijo ejemplar, eligió mentir, afirmando que había aprobado y que había sido admitido en tercer año. Este acto, aparentemente insignificante, fue el primer paso hacia un abismo de falsedades.

El miedo a la decepción. Criado en una familia donde la mentira estaba prohibida pero la verdad incómoda se ocultaba para no “amargar” a los demás, Romand había aprendido a ocultar sus emociones y debilidades. El miedo a decepcionar a sus padres, que depositaban grandes expectativas en él, era tan profundo que prefería una mentira insostenible antes que enfrentar la vergüenza de un fracaso.

La escalada. Esa primera mentira generó otras, creando un mecanismo perverso. Durante doce años, siguió matriculado en segundo año de Medicina, recibiendo carnés de estudiante y cartas de rechazo, pero sin presentarse a ningún examen. Su vida universitaria se convirtió en una farsa, mantenida por una burocracia ciega y su extraordinaria habilidad para desviar conversaciones y aparentar estar siempre ocupado.

3. La soledad del impostor

En quince años de doble vida nunca habló con nadie, nunca entró en contacto con esos mundos paralelos —jugadores, drogadictos, noctámbulos— en los que quizás se habría sentido menos solo.

Aislamiento autoimpuesto. A pesar de estar rodeado de una familia amorosa y un grupo de amigos cercanos, Jean-Claude Romand vivía en una soledad profunda e inconfesable. Su doble vida le obligaba a mantener una distancia emocional con todos, impidiéndole compartir sus verdaderas experiencias o miedos. Cada interacción era una actuación, una pieza más en el mosaico de su impostura.

La incapacidad de confesar. La mentira se había convertido en una prisión. No podía confiar su secreto a nadie: ni a su esposa Florence, ni a su mejor amigo Luc, ni a Corinne, su amante. Cada intento de acercarse a la verdad, incluso solo fantaseando con una confesión, chocaba con la conciencia de que la revelación destruiría todo lo que había construido, incluida la imagen de sí mismo que desesperadamente trataba de mantener.

El cáncer como escapatoria. Para justificar su ausencia en el trabajo y su depresión, Romand inventó un cáncer, un linfoma. Esta “enfermedad” se convirtió en una metáfora de su condición interior, una amenaza inminente pero invisible que le permitía obtener compasión y admiración sin revelar la verdad. Era una forma de traducir su “enfermedad de la mentira” en términos comprensibles, prefiriendo estar enfermo de cáncer antes que de falsedad.

4. El costo financiero de la falsedad

Desde el punto de vista penal no cambia mucho, dado que la pena de muerte fue abolida. Pero desde el punto de vista moral o, si se prefiere, desde la imagen pública, tan importante para Romand, la cuestión cambia mucho: es muy distinto ser el artífice de una tragedia, impulsado por una oscura fatalidad a cometer actos que suscitan terror y compasión, o un pequeño estafador que por precaución elige a sus víctimas, personas mayores e ingenuas, en el círculo familiar, y que para garantizarse la impunidad empuja al suegro por las escaleras.

Fraude sistemático. Para sostener su falsa carrera y el nivel de vida que de ella derivaba, Romand se dedicó a una serie de estafas, principalmente contra sus familiares. Al principio, sacaba dinero de la cuenta de sus padres, luego convenció a sus suegros y al tío Claude para invertir grandes sumas en supuestos fondos suizos con rendimientos excepcionales (18% anual). Ese dinero, fruto de una vida de trabajo, era en realidad depositado en sus cuentas personales y gastado frenéticamente.

Víctimas familiares. Sus víctimas eran las personas más cercanas y de confianza:

  • Sus padres
  • Sus suegros (liquidación del padre y ganancias de la venta de la casa, más de 1,3 millones de francos)
  • El tío Claude (decenas de miles de francos)
  • Corinne, su amante (900.000 francos)

La sombra de la sospecha. La muerte del suegro, Pierre Crolet, que cayó por las escaleras estando solo con Romand, levantó una terrible duda. Aunque nunca se probó, la sospecha de homicidio con fines lucrativos añadió una dimensión aún más sórdida a su figura. El propio Romand, en un interrogatorio, afirmó: “Si lo hubiera matado lo diría. A estas alturas, uno más uno menos…”, revelando una fría indiferencia que contrastaba con la imagen trágica que intentaba proyectar.

5. La crisis inminente e inevitable

Cuanto más tardaba en llegar el golpe, más se volvía desesperadamente inevitable.

Presión creciente. El último año de su doble vida estuvo marcado por una angustia creciente. El dinero se estaba acabando y las demandas de Corinne para recuperar sus 900.000 francos se volvían cada vez más insistentes. Al mismo tiempo, su mentira comenzó a mostrar grietas, con señales de alarma que se multiplicaban.

El colapso de la fachada. Su imagen de hombre respetable y confiable se desmoronaba. Florence, su “Flo”, empezó a sospechar tras descubrir que Romand había mentido sobre la votación en el consejo escolar y que su nombre no figuraba en los listados de la OMS. Su pregunta “Entonces me mintió… me mintió…” resonó como una condena, haciendo insoportable la amenaza de ser descubierto.

La trampa. Romand se sentía atrapado, sin salida. Cada intento de ganar tiempo o encontrar una escapatoria resultaba inútil. Su vida de mentiras, que durante años le había ofrecido refugio, se había convertido en una trampa mortal. La fecha de la cena con Corinne y Kouchner, fijada para el 9 de enero, se convirtió en su límite infranqueable, el punto sin retorno.

6. Los asesinatos como huida desesperada

No podía hacerles algo así. No debían saber que era él, su papá, quien les había hecho algo así.

La decisión fatal. Ante el inminente descubrimiento de sus mentiras y la ruina financiera, Romand eligió una salida horrible: exterminar a su familia. No podía soportar la idea de que sus seres queridos descubrieran la verdad y lo vieran por lo que realmente era: un impostor. El asesinato se convirtió en una forma de preservar, en su muerte, la imagen del padre y esposo amoroso que había fingido ser.

La secuencia de horrores. El 9 de enero de 1993, Romand ejecutó su plan.

  • Mató a Florence, su esposa, golpeándola en la cabeza con un rodillo mientras dormía.
  • Luego, con un rifle calibre 22 equipado con silenciador, disparó a sus hijos, Caroline (7 años) y Antoine (5 años), después de mimarlos y fingir medirles la fiebre.
  • Posteriormente, se dirigió a Clairvaux-les-Lacs y asesinó a sus padres, Aimé y Anne-Marie, con el mismo rifle, tras almorzar con ellos.
  • También mató al perro de sus padres.

El suicidio fallido. Tras los asesinatos, Romand intentó suicidarse prendiendo fuego a la casa de Prévessin e ingiriendo barbitúricos caducados. Sin embargo, su intento fue torpe y fue salvado por los bomberos, que lo encontraron inconsciente pero aún con vida. Este fracaso lo condenó a sobrevivir y enfrentar las consecuencias de sus actos.

7. La reconstrucción y la negación

Antes todos creían todo lo que decía, ahora nadie cree en nada, y él mismo no sabe qué creer, porque no tiene acceso a su propia verdad, sino que la reconstruye con la ayuda de las interpretaciones que le ofrecen los psiquiatras, el juez y los medios.

La negación inicial. Al salir del coma, Romand negó todo inicialmente, inventando la historia de un misterioso hombre vestido de negro que habría exterminado a su familia. Solo tras horas de interrogatorio y la insistencia de su abogado, confesó los crímenes. Esta negación reflejaba su incapacidad para enfrentar la realidad y su tendencia a crear narrativas alternativas.

El personaje del “maldito”. Durante el juicio, Romand siguió construyendo un personaje, esta vez el del “gran criminal en camino a la redención mística”. Buscaba suscitar piedad y comprensión, hablando de su sufrimiento y duelo, pero con una distancia que desconcertaba a psiquiatras y observadores. Su “conversión” religiosa y sus intentos de explicar sus acciones se veían como una forma más de autoengaño.

La ausencia de verdad. Los psiquiatras notaron su constante preocupación por dar una imagen positiva de sí mismo, incluso después de cometer crímenes tan atroces. Parecía un robot programado para adaptar sus reacciones a los estímulos externos, incapaz de acceder a una verdad interior. Su propia identidad estaba tan entrelazada con la mentira que, una vez desenmascarado, no sabía quién era, salvo a través de las lentes de las interpretaciones ajenas.

8. La naturaleza incomprensible del mal

El misterio, sin embargo, es que no existen explicaciones, y que por increíble que parezca, esto es lo que ocurrió.

La pregunta sin respuesta. La pregunta “¿por qué?” obsesionó a todos los que intentaron comprender la tragedia de Romand. A pesar de las investigaciones, los peritajes psiquiátricos y sus propias confesiones, una explicación racional y satisfactoria parecía escapar. Su incapacidad para ofrecer un motivo coherente para sus actos, más allá del miedo a ser descubierto, dejó un profundo sentido de misterio.

El horror de lo ordinario. Lo que hace la historia de Romand especialmente inquietante es que el mal no surgió de un individuo claramente perturbado ni de un contexto de violencia explícita. Romand era un hombre aparentemente normal, amable, respetado, un padre y esposo amoroso. Esta normalidad, unida a la monstruosidad de sus crímenes, hizo el evento aún más difícil de asimilar, sugiriendo que el horror puede anidarse incluso en las vidas más insospechadas.

El fracaso de la comprensión. Amigos como Luc Ladmiral, que habían depositado en él una confianza inquebrantable, se enfrentaron al colapso de toda certeza. Su incapacidad para sospechar algo, su ingenuidad ante un engaño tan prolongado, los obligó a cuestionar su propia percepción de la realidad y de la naturaleza humana. La historia de Romand es una advertencia sobre la fragilidad de la verdad y la capacidad humana para el autoengaño y el engaño ajeno.

9. La búsqueda del autor y la verdad

La verdad es que no lo consigo. No encuentro las frases, ese “yo” suena falso. Por eso he decidido dejar el trabajo de lado hasta sentirme preparado.

El desafío del autor. Emmanuel Carrère, el autor, se vio profundamente implicado en la historia de Romand, sintiéndose “elegido” por ella. Al principio intentó abordar el caso con objetividad periodística o mediante la ficción, pero pronto comprendió que su implicación personal era inevitable. La dificultad para encontrar una voz narrativa, un “yo” auténtico para contar una historia tan impregnada de mentira, se volvió central en su proceso creativo.

Correspondencia con Romand. Carrère entabló una correspondencia con Romand, tratando de entender qué pasaba por su mente durante sus años de mentiras y los días de los asesinatos. Esta interacción, aunque inicialmente formal y cautelosa, reveló la continua tendencia de Romand a manipular la narrativa, incluso en prisión, y a presentar una versión de sí mismo aceptable o redimida.

El peso de la compasión. El autor luchó con la compasión hacia Romand, el hombre que había vagado sin rumbo en su “absurdo secreto”, contraponiéndola al horror de sus crímenes y al sufrimiento de las víctimas. Su búsqueda no era solo de hechos, sino de un sentido, de una verdad más profunda que pudiera emerger de una historia tan oscura, aunque eso significara enfrentarse a su propio miedo y vergüenza.

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Resumen de reseñas

3.99 de 5
Promedio de 48.000+ valoraciones de Goodreads y Amazon.

L'Avversario, de Emmanuel Carrère, narra la historia real de Jean-Claude Romand, un hombre que durante 18 años tejió una compleja red de mentiras, fingiendo ser médico de la OMS sin ejercer en absoluto. En 1993, cuando su engaño estuvo a punto de ser descubierto, asesinó a su esposa, a sus hijos y a sus padres. Los críticos destacan el enfoque sobrio y literario de Carrère, que explora la psicología detrás de los crímenes sin caer en el sensacionalismo. El autor mantuvo correspondencia con Romand en prisión, dando lugar a una reflexión inquietante sobre el engaño, la identidad y la oscuridad humana. La mayoría coincide en que, a pesar de la incomodidad que genera el tema y la relación entre autor y criminal, resulta una lectura absorbente e imposible de dejar.

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Sobre el autor

Emmanuel Carrère es un autor, guionista y director francés, hijo de la historiadora Hélène Carrère d'Encausse. Estudió en Sciences Po de París. Su obra, tanto de ficción como de no ficción, indaga en la identidad, la ilusión y la realidad. Los críticos destacan su estilo elegante y su tendencia a insertarse de manera prominente en sus relatos, entrelazando autobiografía con las historias de sus personajes. Su escritura explora perfiles psicológicos al límite y experiencias humanas oscuras, y los lectores sugieren que él mismo visita sus propios lugares sombríos mientras investiga los de otros. Varias de sus obras han sido adaptadas al cine, entre ellas La Moustache, que dirigió en 2005. En 2003, fue presidente del jurado del Prix Inter.

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