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La religión gnóstica

La religión gnóstica

El mensaje del Dios extraño y los comienzos del cristianismo
por Hans Jonas 1958 396 páginas
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Ideas clave

1. Gnosticismo: Una búsqueda filosófica de sentido en un mundo desubicado

Confieso que mi interés filosófico principal sigue siendo el gnosticismo y que, a mis ojos, esa es la verdadera justificación de mi vida como estudioso, de haber dedicado tantos años (mientras tantos otros se desviaban forzosamente hacia actividades no contemplativas) a explorar un campo del que mis colegas filósofos no saben nada y del que a la mayoría les importa poco.

Un viaje personal. Hans Jonas, filósofo, se acercó al gnosticismo no como teólogo ni filólogo, sino movido por la profunda convicción de que la religión es un aspecto esencial de la humanidad, indispensable para comprender el trasfondo intelectual del hombre occidental. Su camino estuvo marcado por influencias tempranas como los Profetas de Israel, la ética de Immanuel Kant y la obra de Martin Buber sobre el jasidismo, que le inculcaron un compromiso de por vida con la exploración de la intersección entre filosofía y fenómenos religiosos. Esta perspectiva única le permitió abordar el gnosticismo con una empatía que trascendía los límites académicos tradicionales.

La influencia de Heidegger. La relación de Jonas con el gnosticismo se vio profundamente impulsada por sus maestros, Martin Heidegger y Rudolf Bultmann, en la Universidad de Marburgo durante los años veinte. El método fenomenológico de Heidegger, aplicado a fenómenos existenciales, le proporcionó a Jonas una lente para ver el gnosticismo no solo como una curiosidad histórica, sino como una expresión profunda de la existencia humana en crisis. Este marco intelectual le permitió percibir la relevancia del gnosticismo para preguntas filosóficas fundamentales sobre el lugar del hombre en el mundo y su relación con lo absoluto.

Más allá del estudio histórico. Para Jonas, el gnosticismo ofrecía una perspectiva radical, incluso impactante, sobre el sentido del Ser, la condición humana y la importancia absoluta del yo en la lucha contra la alienación. Creía que vivir con este tipo de pensamiento e imágenes proporcionaba intuiciones sobre la humanidad que de otro modo se perderían. Esta convicción justificaba su extensa dedicación académica a un campo frecuentemente ignorado por sus pares filosóficos, viéndolo como una contribución crucial para entender los dilemas perdurables del hombre moderno.

2. Gnosis: No solo conocimiento, sino revelación salvadora

Gnosis significaba ante todo conocimiento de Dios, y de lo que hemos dicho sobre la trascendencia radical de la deidad se deduce que “conocimiento de Dios” es el conocimiento de algo naturalmente incognoscible y, por tanto, no una condición natural.

Más allá del conocimiento racional. En el contexto gnóstico, la “gnosis” está muy alejada del conocimiento teórico y racional de la filosofía o la ciencia griegas. Es un conocimiento enfáticamente religioso o supranatural, concerniente al ámbito divino, al orden de los mundos superiores y a la salvación de la humanidad. Este conocimiento no se adquiere mediante argumentos, sino a través de la revelación, la tradición sagrada o la iluminación interior, convirtiéndose en una experiencia transformadora más que en mera información intelectual.

Transformación ontológica. El conocimiento gnóstico es inherentemente práctico y salvador. Su “objeto” último es Dios, pero su recepción en el alma transforma al conocedor, haciéndolo partícipe de la existencia divina. En sistemas radicales como el valentiniano, la gnosis no es solo un medio para la salvación, sino la forma misma de la perfección última, donde el conocimiento y la posesión del objeto por el alma coinciden, semejante a la unión mística.

Una forma única de conocer. A diferencia de la theoria griega, que es una relación “óptica” con una forma objetiva y universal, el conocimiento gnóstico se refiere a lo particular (la deidad trascendente) y es mutuo, implicando una auto-divulgación activa de lo divino. El sujeto es “transformado” de “alma” a “espíritu” por esta unión, reconociendo una realidad que es a la vez el sujeto supremo, nunca mero objeto. Esto redefine el acto mismo de conocer dentro de un marco religioso.

3. El mundo como prisión: Dualismo radical entre Dios y cosmos

La característica cardinal del pensamiento gnóstico es el dualismo radical que rige la relación entre Dios y el mundo, y, en consecuencia, entre el hombre y el mundo.

Una deidad ajena. El pensamiento gnóstico postula un Dios absolutamente transmundano, cuya naturaleza es totalmente ajena al universo. Este Dios verdadero ni creó ni gobierna el cosmos, sino que se erige como su antítesis completa: un reino de luz opuesto a un reino de oscuridad. Esta separación radical implica que lo divino está oculto e incognoscible por medios naturales, requiriendo una revelación supranatural.

Una creación defectuosa. El universo, desde esta perspectiva, es obra de poderes inferiores e ignorantes conocidos como Arcontes o el Demiurgo. Estas entidades, aunque quizás descendientes mediatas del Dios verdadero, no lo conocen y obstaculizan activamente el conocimiento de Él dentro de su dominio cósmico. Así, el mundo se concibe como una vasta prisión, con la Tierra como su mazmorra más profunda, diseñada para mantener cautivos los elementos divinos.

El orden como tiranía. Las esferas cósmicas, a menudo identificadas con dioses planetarios, son el asiento de estos Arcontes, que gobiernan colectivamente el mundo mediante un “Destino universal” (heimarmene) tiránico. Este gobierno no es una providencia benevolente, sino una ley opresiva de la naturaleza y la moralidad, destinada a esclavizar a la humanidad. El mismo orden y la inmensidad del cosmos, admirados por los griegos, se convierten en símbolos de la profunda separación del hombre respecto a Dios y del poder malévolo de los Arcontes.

4. El espíritu alienado del hombre: Una chispa divina atrapada en un universo hostil

Enclavado en el alma está el espíritu, o “pneuma” (también llamado “chispa”), una porción de la sustancia divina de más allá que ha caído en el mundo; y los Arcontes crearon al hombre con el propósito expreso de mantenerlo cautivo allí.

Un ser compuesto. La antropología gnóstica ve al hombre como compuesto de carne, alma y espíritu, pero fundamentalmente de doble origen: mundano y extramundano. El cuerpo y el “alma” (psique) son productos de los poderes cósmicos, imbuidos de sus fuerzas psíquicas como apetitos y pasiones, sometiendo así al hombre al destino del mundo.

La chispa divina. De manera crucial, dentro de esta alma ligada al cosmos reside el “espíritu” o “pneuma”: una chispa divina, una porción de la sustancia del Dios trascendente que ha caído en el mundo. Los Arcontes, en su ignorancia o malicia, crearon al hombre precisamente para mantener cautivo este elemento divino, ignorando su verdadero origen y potencial.

Ignorancia y despertar. En su estado no redimido, este pneuma está inconsciente, entumecido, dormido o intoxicado por el “veneno” del mundo: es “ignorante”. Su despertar y liberación se logran mediante el “conocimiento” (gnosis), que revela su origen divino, su situación actual y la verdadera naturaleza del mundo. Este despertar es el primer paso hacia su retorno al reino de la luz.

5. El mito del error divino: Explicando el origen defectuoso del mundo

Entendido radicalmente, este principio implica la tarea de derivar no solo hechos espirituales como la pasión, la ignorancia y el mal, sino la misma naturaleza de la materia en su contrariedad con el espíritu desde la fuente espiritual primera: su existencia misma debe explicarse en términos de la historia divina.

Tragedia intra-divina. El tipo sirio-egipcio de gnosticismo, ejemplificado por el valentinianismo, emprende la ambiciosa tarea de derivar el dualismo desde dentro de la unidad indivisa de la divinidad. Esto significa que el origen de la oscuridad, el mal e incluso la materia se remonta a un proceso intra-divino de error, pasión y fracaso, y no a un principio externo y coeterno de oscuridad.

La caída de Sofía. La figura central de este drama es Sofía (Sabiduría), una emanación divina que, por presunción o un deseo excesivo de comprender lo Absoluto, cae en una “pasión” fuera de la plenitud divina (Pleroma). Esta aberración conduce al nacimiento de una “entidad informe”, un “aborto” expulsado del Pleroma que se convierte en la base del mundo inferior.

La materia como residuo espiritual. Las emociones posteriores de Sofía —dolor, miedo, desconcierto y arrepentimiento— se encarnan en esta entidad informe, solidificándose en la sustancia misma del mundo. Así, la materia no es un mal independiente y primordial, sino una forma auto-alejada y oscurecida del espíritu divino, un subproducto residual de un movimiento interior en deterioro. Esto convierte a la “ignorancia” y al “conocimiento” en principios ontológicos, donde la gnosis individual ayuda a disolver el sistema cósmico sostenido por la ignorancia.

6. Guerra cósmica: La lucha de la luz contra la oscuridad primordial

Antes de la existencia del cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos, existían dos naturalezas, una buena y otra mala.

Principios coeternos. En contraste con el tipo sirio-egipcio, el gnosticismo iraní, desarrollado plenamente por Manes, comienza con un dualismo radical de dos principios coeternos y opuestos: el Padre de la Grandeza (Luz) y el Rey de la Oscuridad. Estos reinos existen separados, con la Luz en su autosuficiencia, hasta que la Oscuridad, impulsada por conflictos internos y un perverso “deseo de lo mejor”, ataca el reino de la Luz.

Sacrificio y cautiverio. Para contrarrestar esta agresión, el Padre de la Grandeza envía al Hombre Primordial, armado con cinco elementos luminosos (el Alma), para la batalla. El Hombre Primordial es derrotado y su armadura luminosa (el Alma) es devorada por el Archidiablo y sus hijos, mezclándose completamente con la Oscuridad. Este sacrificio, sin embargo, es también un “anzuelo” estratégico para adormecer a la Oscuridad y proveer los medios para su eventual derrota.

El mundo como mecanismo de purificación. La creación del cosmos por el Espíritu Viviente (una segunda emanación divina) es consecuencia directa de esta mezcla. El mundo se construye con las pieles y cadáveres de los Arcontes derrotados, sirviendo tanto como prisión para los poderes de la Oscuridad como un vasto mecanismo para la separación y purificación de la sustancia luminosa atrapada. Este proceso cósmico, ayudado por cuerpos celestes como el sol y la luna, busca reunir la Luz dispersa y restaurar la integridad divina.

7. Rebelión contra el cosmos: Rechazo gnóstico de los valores griegos

El ataque gnóstico contra la posición clásica señaló este concepto más valorado del cosmos para su revaluación más radical.

Blasfemia contra el orden. El gnosticismo desafió fundamentalmente el concepto griego de “cosmos” como un orden divino, racional y bello. En cambio, revalorizó el término, transformándolo en un concepto enfáticamente negativo: un orden rígido, hostil y tiránico, carente de sentido y bondad, ajeno a la verdadera esencia del hombre. Esto fue visto como blasfemia por pensadores clásicos como Plotino, que defendían el universo como manifestación de lo divino.

Las estrellas como tiranos. Las esferas celestes, antes la encarnación más pura de la razón y la armonía en el pensamiento griego, se convirtieron para los gnósticos en símbolos del destino cósmico opresivo (heimarmene). El brillo fijo de las estrellas representaba un poder ajeno y necesario, esclavizando al hombre en lugar de inspirar confianza reverente. Esta inversión de valores despojó a los cielos de su divinidad, convirtiéndolos en prisión para las partículas divinas atrapadas.

El hombre acosmista. Este nihilismo cósmico condujo a un acosmismo antropológico: el yo interior del hombre no forma parte del mundo, sino que es acosmico, inconmensurable con todos los modos cósmicos de ser. Este profundo sentido de soledad y otredad cósmica rompió la idea griega de la afinidad del hombre con el universo, reemplazándola por una nueva hermandad de elegidos, unidos por su alienación compartida y su búsqueda de salvación del mundo.

8. Moral antinomiana: Libertad más allá del bien y del mal

Pues, así como es imposible que el elemento terrenal participe en la salvación, al no ser susceptible de ella, también es imposible que el elemento espiritual (que pretenden ser ellos mismos) sufra corrupción, cualquiera que sea la conducta que hayan tenido.

Más allá de las normas mundanas. La moral gnóstica surge directamente de su cosmovisión acosmica, rechazando la idea de virtud en el sentido griego como actualización de las facultades humanas para tratar con el mundo. Dado que el cosmos y sus leyes son vistos como opresivos, el individuo neumático (espiritual), siendo “naturalmente salvo”, se considera por encima de las restricciones morales mundanas.

Dos extremos: ascetismo y libertinaje. Este rechazo de las normas mundanas condujo a dos caminos éticos aparentemente contradictorios, pero fundamentalmente vinculados:

  • Ascetismo: Evitar la contaminación del mundo, reducir el contacto al mínimo y abstenerse de placeres mundanos (por ejemplo, Marción, Manes). Es una “virtud” negativa de retiro.
  • Libertinaje: Reclamar libertad absoluta, entregarse a “cosas prohibidas” e incluso violar intencionalmente las normas demiúrgicas para desafiar a los Arcontes y agotar sus poderes (por ejemplo, Carpócrates, Cainitas). Es una prescripción positiva del inmoralismo, donde el pecado se convierte en camino hacia la salvación.

Desafío al Demiurgo. La ley moral, ya sea mosaica o social, se ve como un complemento psíquico de la ley física, ambas emanadas del señor del mundo para esclavizar al hombre. Por ello, repudiar la adhesión a estas normas, ya sea mediante abstención extrema o transgresión deliberada, se convierte en un acto de afirmación de la auténtica libertad del yo y de daño a la causa de los Arcontes.

9. El llamado al despertar: La gnosis como camino hacia la liberación

Lo que libera es el conocimiento de quiénes fuimos, en qué nos hemos convertido; dónde estábamos, a dónde hemos sido arrojados; hacia dónde nos dirigimos, de dónde somos redimidos; qué es el nacimiento y qué es el renacimiento.

Romper el hechizo. El núcleo de la escatología gnóstica es la liberación del “hombre interior” (pneuma) de las ataduras del mundo y su retorno a su reino divino. Esto se logra mediante el “conocimiento” (gnosis), que actúa como un despertar del “sueño”, “intoxicación” o “ignorancia” mundanos. El mensaje gnóstico se presenta a menudo como un “llamado desde fuera”, una convocatoria divina al despertar.

El mensajero extranjero. Este llamado es entregado por un mensajero del mundo de la luz, el “Hombre Alienígena” (por ejemplo, Jesús en algunos sistemas gnósticos, o el Hombre Primordial en el maniqueísmo), que penetra las barreras cósmicas y engaña a los Arcontes. Este mensajero, aunque divino, a menudo asume el destino del extraño, incluso el sufrimiento, para recuperar los elementos divinos perdidos. Su misión es impartir el conocimiento salvador y preparar el camino para las almas ascendentes.

El viaje de retorno. Equipado con la gnosis, el alma, tras la muerte, asciende a través de las esferas cósmicas, despojándose de los “vestidos psíquicos” aportados por cada una. Este proceso de desnudez permite al espíritu, libre de toda acumulación extraña, alcanzar al Dios más allá del mundo y reunirse con la sustancia divina. Este viaje individual forma parte de una restauración cósmica mayor, donde la integridad del dios, dañada en tiempos pre-cósmicos, finalmente se repara.

10. Ecos del nihilismo antiguo: La resonancia del gnosticismo con el existencialismo moderno

La modernidad analógica del gnosticismo antiguo, o el gnosticismo oculto en la mente moderna, me impactó desde temprano y fue expuesto en mi ensayo “Gnosticismo y nihilismo moderno”.

Soledad cósmica. Jonas traza paralelos convincentes entre el gnosticismo y el existencialismo moderno, especialmente en cuanto a la soledad cósmica del hombre. Como el hombre “atemorizado” de Pascal en una “inmensidad infinita de espacios” que “no me conocen”, el gnóstico experimenta una extrañeza absoluta en un universo indiferente o hostil a las aspiraciones humanas. Esta alienación de un “cosmos afín” es un acosmismo antropológico compartido.

El “arrojamiento” de la existencia. El concepto gnóstico de ser “arrojado” al mundo (Geworfenheit) resuena profundamente con la filosofía existencial de Heidegger. Este término, originalmente gnóstico, expresa la emergencia pasiva y sin elección en un mundo existente cuyas leyes no son propias. Destaca la contingencia de la existencia humana, donde el “¿por qué?” de estar aquí y ahora es irresoluble, al igual que en el existencialismo ateo.

Pérdida de valores objetivos.

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Resumen de reseñas

4.23 de 5
Promedio de 475 valoraciones de Goodreads y Amazon.

La religión gnóstica, de Hans Jonas, ha recibido un amplio reconocimiento (4.23/5) como una introducción magistral al antiguo gnosticismo. Los críticos destacan la claridad con la que Jonas explica la compleja cosmología dualista: el Dios ajeno, el Demiurgo y el encarcelamiento de la humanidad en un mundo material imperfecto. Muchos resaltan su interpretación existencialista, estableciendo paralelismos entre la “enfermedad del mundo” gnóstica y el nihilismo contemporáneo. La obra recorre las corrientes gnósticas iraníes y sirio-egipcias, analizando diversas sectas y sus mitologías. Aunque precede a las traducciones completas de Nag Hammadi, los lectores valoran la profundidad filosófica y el estilo accesible de Jonas. Los críticos aprecian su capacidad para sintetizar, más que para detallar aspectos especializados, haciendo comprensibles creencias oscuras y explorando su influencia cultural perdurable.

Your rating:
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Sobre el autor

Hans Jonas fue un filósofo nacido en Alemania que enseñó en la New School for Social Research de Nueva York desde 1955 hasta 1976. Discípulo de Heidegger, Jonas dejó una profunda huella en diversos campos del saber. Su obra de 1958 sobre el gnosticismo se convirtió en el texto de referencia en inglés, al interpretar la antigua religión desde la filosofía existencialista y ofrecer la primera historia detallada de este movimiento. En la etapa posterior de su carrera, se centró en la filosofía biológica y la ética ambiental, destacando especialmente El imperativo de la responsabilidad, que impulsó el movimiento ambientalista en Alemania con el principio de que las acciones humanas deben garantizar la supervivencia del planeta. Su integración entre la filosofía de la materia y la mente inspiró la bioética estadounidense. La obra de Jonas abarca estudios gnósticos, filosofía biológica y marcos éticos que enfrentan los desafíos de la tecnología.

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