Ideas clave
Demostrar que estás cuerdo es más difícil que fingir locura
La trampa de Tony en Broadmoor lo ilustra perfectamente. A los diecisiete años, Tony cometió una agresión violenta y fingió una enfermedad mental —plagiando a villanos cinematográficos de Terciopelo azul y La naranja mecánica— para evitar la cárcel. Funcionó demasiado bien: lo enviaron a Broadmoor, el hospital psiquiátrico de alta seguridad más infame de Gran Bretaña. En cuanto vio el lugar, les dijo a los médicos que no estaba enfermo mental. No le creyeron.
Todo lo que hacía se volvía en su contra. Cuando se portaba bien, su expediente señalaba que el hospital estaba «previniendo el deterioro de su condición». Cuando se negaba a socializar con asesinos en serie, lo etiquetaban como «retraído» con un «sentido grandioso de su propia valía». Cuando intentaba actuar con normalidad, los psiquiatras leían significados siniestros en su lenguaje corporal. Doce años después, seguía internado —diagnosticado no con la enfermedad mental que había fingido, sino como psicópata.
Los psicópatas no sudan con la cuenta atrás: su cerebro omite el miedo
El experimento de descargas eléctricas de Bob Hare fue un avance decisivo. Conectó a monitores a presos psicópatas y no psicópatas y contó hacia atrás desde diez, advirtiéndoles de que recibirían una descarga dolorosa al llegar a uno. Los no psicópatas sudaban de angustia a medida que avanzaba la cuenta atrás. Los psicópatas no mostraban nada —ni sudor, ni ritmo cardíaco elevado— hasta el momento exacto de la descarga. Cuando repitió la prueba, los psicópatas seguían sin anticipar el dolor, aun sabiendo perfectamente lo que venía.
La culpable es la amígdala, la región cerebral responsable de procesar el miedo y la angustia. En los psicópatas, apenas registra señales de amenaza. La Prueba del Reflejo de Sobresalto de Hare lo confirmó: al mostrarles fotografías espeluznantes de escenas del crimen y luego sobresaltarlos con un ruido fuerte, los no psicópatas saltaban horrorizados. Los psicópatas permanecían inquietantemente tranquilos, absortos en las imágenes como si fueran rompecabezas que resolver en lugar de tragedias que lamentar.
Una lista de 20 ítems decide ahora quién es psicópata de por vida
La Lista de Verificación PCL-R es el estándar de oro de la psicopatía. El psicólogo canadiense Bob Hare dedicó décadas a destilar el comportamiento psicopático en veinte rasgos —desde Encanto superficial/Locuacidad y Sentido grandioso de la propia valía hasta Falta de remordimiento y Versatilidad criminal—. Cada uno se puntúa con cero, uno o dos. Si se obtienen treinta o más puntos de un total de cuarenta, se clasifica a la persona como psicópata. La lista es utilizada por juntas de libertad condicional, departamentos de justicia y hospitales psiquiátricos de todo el mundo, incluidas las unidades DSPD donde pacientes como Tony son retenidos indefinidamente.
Hare perfeccionó la lista en una conferencia de 1975 donde ochenta y cinco expertos pusieron en común sus observaciones sobre los tics verbales, las construcciones sintácticas y los patrones de conducta de los psicópatas. El poder de la lista es enorme: una puntuación alta puede significar, en la práctica, detención de por vida. Los críticos advierten de que otorga a los administradores capacitados un poder subjetivo excesivo sobre el destino de las personas.
Enseñar empatía a los psicópatas solo los convirtió en mejores farsantes
El experimento de Oak Ridge fue idealismo radical. A finales de los años sesenta, el psiquiatra canadiense Elliott Barker creó la Cápsula de Encuentro Total: una pequeña habitación verde donde criminales psicópatas se desnudaban y pasaban períodos de once días bajo los efectos del LSD, confesando sus sentimientos más oscuros mientras Barker observaba a través de un espejo unidireccional. En cámara, presos endurecidos parecían transformarse, elogiándose tiernamente unos a otros. Algunos incluso pidieron a las juntas de libertad condicional que retrasaran su liberación para poder terminar la terapia.
Entonces llegaron los datos de reincidencia. Normalmente, el 60 por ciento de los psicópatas liberados vuelven a delinquir. De los graduados de Barker: el 80 por ciento. Uno secuestró y violó a un niño de once años. Peter Woodcock, asesino múltiple de niños, tras años de entrenamiento en empatía, aprovechó su primer permiso de tres horas para asesinar a un compañero paciente con un hacha. Más tarde admitió que el programa le enseñó a «manipular mejor y mantener los sentimientos más atroces bajo control».
Los psicópatas corporativos reformulan cada rasgo oscuro como una virtud de liderazgo
Al Dunlap era la prueba número uno. El ex director ejecutivo de Sunbeam —cuya mansión en Florida rebosaba de esculturas de piedra de depredadores— reinterpretó alegremente los ítems de psicopatía de Bob Hare cuando Ronson se los leyó en voz alta. ¿Encanto superficial? «¡Totalmente encantador!». ¿Manipulador? «Creo que eso se podría describir como liderazgo». ¿Impulsividad? «Análisis rápido». ¿Falta de remordimiento? Te libera para «seguir adelante y lograr más cosas grandiosas». ¿Una foto de una escena del crimen? «Yo la intelectualizo».
Wall Street recompensó ese comportamiento. Cuando Dunlap fue nombrado director ejecutivo de Sunbeam, la acción saltó de 12,50 a 18,63 dólares, la mayor subida en un solo día en la historia de la Bolsa de Nueva York. Cuando anunció el despido de la mitad de los 12.000 empleados, se disparó a 28 dólares. Goldman Sachs emitió informes de análisis alcistas. Pueblos como Shubuta, en Misisipi, se convirtieron en pueblos fantasma. El propio estudio de Hare reveló que los profesionales del mundo corporativo tenían entre cuatro y cinco veces más probabilidades que la población general de puntuar como psicópatas.
La industria de la locura se lucra reduciendo a las personas a sus aristas más extremas
Esta es la tesis central del libro. Ronson descubre que periodistas, productores de televisión, psicólogos y compañías farmacéuticas comparten un extraño incentivo: identificar, amplificar y monetizar determinados tipos de locura. Charlotte Scott, encargada de buscar invitados para programas de televisión, revisaba las listas de medicación de los posibles participantes para encontrar personas que estuvieran «lo justo de locas»: el Prozac era perfecto, la esquizofrenia era inaceptable. Reality shows como Bienvenida al hogar ajeno y Extreme Makeover explotaban a las familias en busca de su disfunción más dramática, a veces con consecuencias letales.
La trayectoria de David Shayler ilustra la fórmula a la perfección. El descenso del ex agente del MI5 convertido en denunciante —de teórico conspirativo del 7-J a creyente en hologramas y finalmente a autoproclamarse el Mesías— demuestra que el interés mediático se mueve en una franja estrecha de locura. Demasiado aburrido se ignora, demasiado extravagante se abandona. Solo el «tipo adecuado» de locura consigue tiempo en pantalla, dejando a los verdaderamente enfermos explotados o descartados.
Las listas de verificación de un solo hombre inflaron un folleto de 65 páginas hasta 374 trastornos
Robert Spitzer revolucionó la psiquiatría, para bien y para mal. Inspirado por el experimento Rosenhan de 1973 (en el que ocho personas cuerdas fueron admitidas en hospitales psiquiátricos simplemente por afirmar que oían una voz que decía «thud», y no lograron ser dadas de alta durante un promedio de diecinueve días), Spitzer se propuso sustituir el psicoanálisis subjetivo por listas de verificación objetivas. A lo largo de seis caóticos años en la Universidad de Columbia, él y su equipo elaboraron cientos de nuevos trastornos en una vieja máquina de escribir. El DSM-I tenía 65 páginas. El DSM-III alcanzó las 494. El DSM-IV llegaría a 886.
Las consecuencias fueron sísmicas. Las pruebas de campo revelaron que más del 50 por ciento de los estadounidenses cumplían los criterios de algún trastorno mental. Las compañías farmacéuticas de repente tenían cientos de nuevas afecciones que medicar. Spitzer estaba encantado, hasta que dejó de estarlo. Cuando le preguntaron si algunas categorías describían comportamientos normales, guardó silencio durante tres minutos antes de admitir: «Puede que parte de ello lo sea».
El sobrediagnóstico mató a una niña de cuatro años medicada desde los tres
Rebecca Riley murió a causa de su receta médica. En 2006, la niña de cuatro años de Boston fue hallada muerta después de que sus padres le administraran una sobredosis de antipsicóticos recetados para un trastorno bipolar infantil —ninguno de ellos aprobado para niños—. Había sido diagnosticada a los tres años por un seguidor del Dr. Joseph Biederman, el psiquiatra de Harvard que afirmaba que el trastorno bipolar podía comenzar «desde el momento en que el niño abre los ojos». La unidad de Biederman fue posteriormente investigada por conflictos de interés al recibir financiación de Johnson & Johnson.
El propio ex editor del DSM lo calificó de falsa epidemia. Allen Frances, editor del DSM-IV, le dijo a Ronson que su manual había «contribuido inadvertidamente a tres falsas epidemias en curso»: autismo, déficit de atención y trastorno bipolar infantil. Los diagnósticos de autismo pasaron de menos de uno por cada dos mil niños a más de uno por cada cien. Niños difíciles o de humor cambiante estaban siendo etiquetados con una condición genética de por vida —y medicados en consecuencia—.
Detectar psicópatas es embriagador, y corrompe al que detecta
La honestidad de Ronson sobre su propia corrupción es el giro más incisivo del libro. Tras completar el curso de tres días de Bob Hare, se descubrió puntuando mentalmente a todo el mundo: etiquetando como psicópata a un crítico gastronómico por haber matado un babuino, diagnosticando a amigos comunes durante la cena. Su esposa aprendió la Lista de Verificación PCL-R y se sumó al juego. El cineasta Adam Curtis lo confrontó: «Eres como un monje medieval cosiendo un tapiz con las locuras de la gente».
El patrón se extendía más allá de Ronson. El perfilador criminal Paul Britton orquestó una elaborada trampa de seducción contra Colin Stagg, un hombre inocente, hilvanando sus cualidades aparentemente más desviadas en un falso retrato de asesino. Mientras el verdadero asesino quedaba libre y volvía a matar, Britton seguía siendo incapaz de ver qué había hecho mal. El poder de etiquetar la locura —ya sea mediante una lista de verificación, un perfil o un instinto editorial— tienta al exceso a todo aquel que lo posee.
La frenética búsqueda de la normalidad puede estar volviendo loco a todo el mundo
Ronson termina donde empezó: con la rareza como virtud, no como defecto. Petter Nordlund, el psiquiatra sueco cuyo libro obsesivo y críptico desconcertó a académicos de todo el mundo, fue descartado como un chiflado. Pero su excentricidad generó comunidad, debate intelectual, actividad económica y un misterio internacional. Su mensaje final para Ronson fueron dos palabras: «Buena suerte». El cerebro hiperansioso de Ronson —el mismo que le hacía gritar involuntariamente en los aviones y entrar en pánico pensando que su esposa había muerto cuando no contestaba al teléfono— era el mismo motor que lo impulsó a lo largo de toda esta investigación.
La incómoda conclusión del libro: la sociedad simultáneamente patologiza y explota las mentes inusuales. Medicamos a niños difíciles, detenemos indefinidamente casos ambiguos y nos entretenemos viendo a personas con problemas en televisión, todo mientras insistimos en que todos deberían ser normales. Quizás, sugiere Ronson, nuestra infelicidad, nuestras ansiedades y nuestras compulsiones son precisamente lo que nos lleva a hacer cosas verdaderamente interesantes.
Análisis
El logro de Ronson en El test del psicópata es un raro truco de magia epistemológico: escribe un libro entretenido sobre la explotación de la locura mientras simultáneamente demuestra —y confiesa— que él mismo está haciendo exactamente lo que critica. Esta estructura recursiva eleva el libro más allá de la psicología divulgativa hacia algo más cercano a la crítica mediática y la filosofía moral.
La idea más profunda del libro no trata sobre los psicópatas en absoluto. Trata sobre la infraestructura que ha crecido en torno al concepto de anormalidad mental —lo que Ronson llama «la industria de la locura»—. Esta industria abarca la psiquiatría (que expandió su manual diagnóstico de 65 a casi 900 páginas en tres décadas), las compañías farmacéuticas (que financian a los investigadores que definen los trastornos que sus fármacos tratan), los medios de comunicación (que seleccionan una franja estrecha de disfunción entretenida) e incluso el propio periodismo. Ronson se implica a sí mismo con una honestidad desarmante: viajó miles de kilómetros para documentar las esculturas de depredadores de Al Dunlap y se sintió decepcionado cuando el hombre dijo cosas razonables.
Lo que hace al libro profético —publicado en 2011, antes de que la psicopatía corporativa se convirtiera en un lugar común cultural— es su identificación de un bucle de retroalimentación sistémico. Bob Hare crea una lista de verificación. La lista crea las unidades DSPD. Las unidades crean la detención indefinida para casos ambiguos como el de Tony. Mientras tanto, la misma lógica de la lista, aplicada al DSM por Robert Spitzer, genera una epidemia de diagnósticos de trastorno bipolar infantil que mata a Rebecca Riley. El instrumento diseñado para proteger a la sociedad de mentes peligrosas se convierte, en manos menos cuidadosas, en una herramienta para patologizar las inconvenientes.
La limitación del libro es que la personalidad ansiosa y autodespreciativa de Ronson —por encantadora que sea— a veces sustituye un compromiso riguroso con la neurociencia. Pero quizás ese sea precisamente el punto. El test del psicópata es, en última instancia, un argumento contra la certeza en el diagnóstico de la mente humana, expuesto por un hombre que es conspicua y entrañablemente inseguro sobre todo, incluida su propia cordura.
Resumen de reseñas
El test del psicópata de Jon Ronson recibe en su mayoría críticas positivas por su exploración entretenida y estimulante de la psicopatía y la industria de la salud mental. Los lectores aprecian el estilo de escritura ingenioso de Ronson, sus anécdotas personales y su capacidad para hacer accesibles temas complejos. Aunque algunos críticos señalan la estructura divagante del libro, muchos lo consideran una lectura atractiva e informativa. El libro genera debates sobre la naturaleza de la enfermedad mental, las prácticas diagnósticas y la posible prevalencia de rasgos psicopáticos en la sociedad.
También leyeron
Glosario
Lista de verificación PCL-R
Herramienta de diagnóstico de psicopatía de Bob HareUna evaluación de 20 ítems desarrollada por el psicólogo canadiense Robert Hare para diagnosticar la psicopatía. Cada ítem (por ejemplo, Locuacidad/Encanto superficial, Falta de remordimiento, Sentido grandioso de autovalía) se puntúa con 0, 1 o 2. Una puntuación de 30 o más sobre 40 clasifica a alguien como psicópata. Es utilizada en todo el mundo por departamentos de justicia, juntas de libertad condicional y hospitales psiquiátricos como el estándar de referencia para la evaluación de la psicopatía.
Unidad DSPD
Detención para trastornos de personalidad peligrososLas unidades de Trastorno de Personalidad Peligroso y Grave son instalaciones psiquiátricas de alta seguridad en el Reino Unido diseñadas para albergar a individuos que obtienen puntuaciones altas en la Lista de verificación PCL-R de Hare. Creadas después de que el psicópata Michael Stone asesinara a una madre y sus hijas en 1996, las unidades supuestamente ofrecen tratamiento mediante terapia cognitivo-conductual y medicación, pero los críticos argumentan que funcionan como centros de detención indefinida, ya que prácticamente ningún paciente ha sido puesto en libertad.
Cápsula de Encuentro Total
Terapia con LSD al desnudo de Elliott BarkerUn programa terapéutico radical creado por el psiquiatra canadiense Elliott Barker en el hospital Oak Ridge para criminales con trastornos mentales a finales de la década de 1960. Los psicópatas criminales eran colocados desnudos en una pequeña habitación verde durante períodos de once días, se les administraba LSD y se les animaba a hablar de sus sentimientos durante más de 100 horas por semana. Aunque los pacientes parecían transformarse, los estudios de seguimiento mostraron una tasa de reincidencia del 80%, peor que la de los psicópatas sin tratar, porque los participantes aprendieron a fingir empatía en lugar de sentirla.
DSM
Manual diagnóstico de trastornos de la psiquiatríaEl Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría. Originalmente un cuadernillo de 65 páginas con encuadernación en espiral, fue ampliado radicalmente bajo la dirección del editor Robert Spitzer en el DSM-III (494 páginas, 1980), sustituyendo el juicio psicoanalítico por listas de verificación de síntomas. Para el DSM-IV alcanzó las 886 páginas y enumeraba 374 trastornos mentales. Los críticos argumentan que la expansión patologizó el comportamiento normal y permitió a las compañías farmacéuticas comercializar medicamentos para afecciones recién inventadas.
Experimento de Rosenhan
Personas cuerdas atrapadas en hospitales psiquiátricosUn experimento de 1973 realizado por el psicólogo David Rosenhan en el que ocho voluntarios mentalmente sanos se presentaron en diferentes hospitales psiquiátricos afirmando escuchar una voz que decía «thud» (golpe seco). Los ocho fueron diagnosticados como enfermos mentales e ingresados. A pesar de comportarse con normalidad desde el momento de su ingreso, fueron retenidos durante un promedio de 19 días y solo pudieron conseguir el alta aceptando que estaban mentalmente enfermos y fingiendo recuperarse. El experimento devastó la credibilidad de la psiquiatría estadounidense y motivó la reforma del DSM basada en listas de verificación llevada a cabo por Robert Spitzer.
Afecto superficial
Incapacidad para sentir emociones profundasÍtem 7 de la Lista de verificación PCL-R de Hare. Describe a un individuo que parece incapaz de experimentar un rango y una profundidad normales de emociones. Las manifestaciones emocionales parecen dramáticas, superficiales y efímeras, dando la impresión de que la persona está actuando. En el libro, se demuestra con el llanto fingido de Toto Constant y el desprecio de Al Dunlap por las «emociones absurdas», aunque Dunlap lloró cuando murió su perro, lo que Hare explicó como apego a una posesión, no como empatía genuina.
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