Ideas clave
1. El “mal” es una etiqueta subjetiva, no una realidad objetiva.
Solo cuando asignamos a algo la etiqueta de “malvado”, solo cuando pensamos que algo es malvado, es que se vuelve así.
Replanteemos el concepto de “mal.” La idea de mal es una construcción humana subjetiva, no una cualidad inherente a una persona, objeto o acción. Con frecuencia usamos la etiqueta “malvado” para descartar lo que no comprendemos, creando una dicotomía en blanco y negro que impide discusiones matizadas y la empatía. Este “otro” deshumaniza a los individuos, facilitando juzgarlos sin entender sus complejidades.
Reflexión personal. Piensa en tus acciones más lamentables —infidelidad, robo, mentira— y imagina ser juzgado para siempre por ese único acto. Vemos las sutilezas en nuestras propias decisiones, pero a menudo reducimos a otros a una sola etiqueta atroz: asesino, violador, psicópata. Esta hipocresía revela que lo que a uno le parece normal puede ser aborrecible para otro, sugiriendo que quizá todos somos “malvados” o que ninguno lo es.
Más allá de la condena. El libro propone un enfoque científico para entender comportamientos comúnmente etiquetados como “malvados”, superando interpretaciones filosóficas o religiosas. Al descomponer acciones complejas en sus partes constituyentes, podemos comprender por qué ocurren cosas terribles, en lugar de simplemente condenarlas. Esta comprensión es clave para prevenir daños futuros y fomentar una sociedad más informada.
2. Nuestros cerebros están diseñados tanto para la crueldad como para la compasión.
En lugar de pensar que algunas personas son particularmente malas y otras buenas, replanteemos la cuestión: en vez de preguntar si unos pocos están predispuestos a ser sádicos, deberíamos preguntarnos: ¿todos tenemos una predisposición sádica?
¿El cerebro “malvado”? Al pensar en figuras como Hitler, solemos imaginar un cerebro fundamentalmente distinto, “malvado”. Sin embargo, perfiles psicológicos sugieren que Hitler, pese a sus atrocidades, funcionaba adecuadamente y no estaba clínicamente “loco”. Modelos neurocientíficos proponen que actos “malvados” como la deshumanización y la desindividualización involucran una red de áreas cerebrales, incluyendo menor actividad en la corteza prefrontal ventromedial (toma de decisiones) y mayor actividad en la amígdala (emoción). Aun así, individuos con patrones cerebrales psicopáticos, como el neurocientífico James Fallon, pueden llevar vidas prosociales, demostrando que la estructura cerebral no determina el destino.
Sadismo cotidiano. Investigaciones revelan que muchas personas “normales” exhiben sadismo subclínico, obteniendo placer al dañar a otros. Experimentos como aplastar insectos o someter a víctimas inocentes a ruidos molestos muestran que una parte significativa disfruta infligir daño menor. Esto sugiere que los impulsos sádicos son más comunes de lo que imaginamos. Incluso la “agresión tierna” —el impulso de apretar animales o bebés adorables— es una respuesta emocional dimórfica, donde el cerebro contrarresta sentimientos abrumadoramente positivos con una muestra pseudoagresiva, no con malicia real.
Las múltiples formas de la agresión. La agresión, definida como conducta intencional para dañar a un ser vivo, se manifiesta de diversas maneras:
- Agresión directa: gritar, golpear, burlarse.
- Agresión indirecta: difundir rumores, dañar pertenencias.
- Agresión pasiva: ignorar, llegar tarde, retener información.
Estas conductas suelen estar impulsadas por ira, estrés o deseo de atención. Aunque la testosterona se asocia con la agresión masculina, la investigación indica que su papel es más complejo, aumentando en situaciones competitivas más que siendo causa única de violencia. Los rasgos de la “Tétrada Oscura” —psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo— representan un conjunto de tendencias socialmente aversivas que pueden predisponer a la agresión, aunque incluso estos rasgos pueden tener “lados buenos”, fomentando ambición o éxito corporativo.
3. El asesinato es una fantasía humana común, no solo un acto criminal.
Los humanos asesinan porque han sido diseñados para hacerlo.
Ideación homicida. Las fantasías de asesinato son sorprendentemente comunes, con mayoría de hombres y mujeres admitiéndolas. Psicólogos evolutivos sugieren que estas fantasías son una estrategia adaptativa, permitiéndonos ensayar mentalmente escenarios y considerar consecuencias, lo que podría prevenir acciones reales. Aunque la mayoría comprende las devastadoras repercusiones del asesinato, estas fantasías evidencian una capacidad humana universal para el pensamiento violento.
La banalidad del asesinato. Las tasas globales de homicidio, aunque en descenso desde los años 90, siguen siendo significativas, con casi medio millón de muertes intencionales anuales. La mayoría de los asesinatos son cometidos por hombres contra hombres, a menudo originados en situaciones aparentemente mundanas:
- Altercados: peleas que escalan por asuntos triviales.
- Homicidios en delitos graves: asesinatos durante robos u otros crímenes.
- Violencia doméstica: muertes en relaciones íntimas o familiares.
- Homicidios accidentales: muertes ilegales por actos imprudentes como conducir ebrio.
Estas categorías muestran que el asesinato suele surgir de respuestas impulsivas a la frustración o como subproducto de otros delitos, no solo de malicia premeditada. La mayoría de quienes cometen asesinato no reinciden, desafiando la etiqueta simplista de “asesino”.
Más allá del “monstruo.” El caso del asesino serial Jeffrey Dahmer, que desmembró y canibalizó víctimas por extrema soledad, ilustra las motivaciones complejas detrás de actos horribles. Aunque la sociedad demoniza a tales individuos, comprender sus necesidades humanas subyacentes —aunque distorsionadas— es crucial. El argumento de la “masculinidad tóxica” sugiere que presiones sociales para que los hombres asuman riesgos y sean agresivos contribuyen a las altas tasas masculinas de homicidio, más que predisposiciones biológicas puras. En última instancia, la diferencia entre un fantaseador y un perpetrador suele residir en la capacidad de inhibición y un córtex prefrontal funcional, no en una naturaleza “malvada” inherente.
4. Las primeras impresiones y la “rareza” a menudo nos engañan.
La rareza, al parecer, es probablemente nuestra reacción a no saber si debemos temer a alguien o no.
El detector de rareza. Nuestra percepción de “rareza” es un detector innato de amenaza, señalando imprevisibilidad y peligro potencial. Estudios muestran que los hombres son percibidos como más raros, y ciertos comportamientos o rasgos físicos —como estar demasiado cerca, sonrisas extrañas, cabello grasoso o risas raras— disparan esta respuesta. Profesiones como payaso o taxidermista también se consideran raras. Lo crucial es que la mayoría cree que las personas raras no son conscientes de su rareza y no pueden cambiar, lo que conduce a una injusta ostracización social.
Juzgar un libro por su portada. Emitimos juicios instantáneos sobre la confiabilidad basados en la apariencia facial, a menudo en milisegundos. Sin embargo, estos juicios son muy inexactos. Un estudio comparando ganadores del Nobel de la Paz con criminales buscados mostró que los participantes solo acertaban ligeramente más que al azar al identificar rostros poco confiables. El “efecto halo” nos lleva a percibir a personas atractivas como más confiables, mientras que el “efecto diablo” nos hace ver a individuos con apariencia indeseable como inherentemente malos, incluso influyendo en sentencias legales más severas.
Deshumanización perceptual. Las desviaciones del rostro “promedio” o “normal”, ya sea por desfiguración, acné o incluso simetría excesiva, pueden activar nuestro detector de rareza. Esto puede provocar una “deshumanización perceptual”, donde dejamos de ver a la persona como un ser humano completo y nos enfocamos en sus rasgos anormales. Este cambio cognitivo facilita infligir daño o discriminar. De modo similar, la enfermedad mental, por su imprevisibilidad percibida, suele generar distanciamiento social y físico, pese a que la mayoría de personas con trastornos mentales no son violentas, especialmente si no hay abuso de sustancias.
5. La tecnología amplifica nuestras peores (y mejores) tendencias humanas.
La inteligencia artificial puede agravar, magnificar y acelerar los sesgos humanos.
La espada de doble filo de la tecnología. La tecnología, aunque ofrece enormes beneficios, también crea nuevas vías para el daño. Desde los primeros aviones comerciales usados por “piratas aéreos” hasta el cibercrimen moderno, la nueva tecnología se explota rápidamente. La seguridad aeroportuaria, a menudo un “teatro de seguridad”, ilustra cómo el miedo puede llevar a respuestas ineficaces e incluso dañinas, como el aumento de muertes en carretera por las molestias del viaje. El problema central no es la tecnología en sí, sino cómo los humanos deciden usarla.
¿“Mal” artificial? El caso del chatbot Tay de Microsoft, que aprendió rápidamente a tuitear comentarios racistas y misóginos por interacciones en línea, muestra cómo la inteligencia artificial (IA) refleja los sesgos humanos. Mientras algunos vieron a Tay como víctima, otros la consideraron una amenaza monstruosa, anticipando un futuro distópico. Esta “agencia simbiótica” proyecta cualidades humanas en la IA, difuminando las líneas de responsabilidad. Aunque la IA puede aprender y tomar decisiones, la cuestión de si puede ser “malvada” sigue siendo polémica; el mayor riesgo, como advirtieron Stephen Hawking y Elon Musk, radica en la competencia de la IA para alcanzar objetivos contrarios a los intereses humanos.
Cibercrimen y la “cifra oculta.” El cibercrimen, un campo en rápido crecimiento y a menudo ignorado, presenta nuevos desafíos para la criminología tradicional. No es solo “vino viejo en botellas nuevas”; el hacking, la desfiguración de sitios web y el trolling automatizado son delitos novedosos. La “Teoría de la Actividad de Rutina” (TAR) ayuda a explicar el cibercrimen:
- Delincuentes motivados: abundantes en línea.
- Objetivos adecuados: miles de millones, fácilmente accesibles.
- Ausencia de guardianes: mínima autoridad en línea.
La naturaleza global y anónima del cibercrimen permite mayor deshumanización y daños más rápidos y extensos, con costos trillones anuales. El ataque de ransomware WannaCry, que paralizó sistemas de salud, demuestra el impacto devastador real. El anonimato en línea también alimenta el trolling, ya que los estados de ánimo negativos y el contagio social hacen que las personas sean más propensas a seguir normas agresivas grupales. Para combatirlo, debemos rehumanizar las interacciones digitales y ser ciudadanos digitales conscientes.
6. La “desviación” sexual es mucho más común y matizada de lo que pensamos.
¿Qué tan anómalos son los intereses parafílicos?
Más allá del sexo “normal.” La definición de sexo “normofílico” —estimulación genital con parejas humanas “fenotípicamente normales, físicamente maduras y consentidoras”— depende de la cultura y es históricamente variable. Muchos intereses sexuales considerados “desviados” son sorprendentemente comunes. Estudios muestran alta prevalencia de:
- Voyerismo: observar a personas desprevenidas (52% hombres, 26% mujeres).
- Fetichismo: excitación por objetos inanimados como cuero o zapatos (28% hombres, 11% mujeres).
- Sadomasoquismo (S&M): infligir o recibir daño/humillación (19% hombres, 10% mujeres para sadismo; 15% hombres, 17% mujeres para masoquismo).
El BDSM, en particular, suele estar impulsado por el deseo de desinhibición, permitiendo romper normas sociales y entregarse al placer. Estas fantasías, como las de asesinato, suelen permanecer privadas y rara vez se llevan a cabo de forma dañina.
La complejidad de las fantasías. El caso del “Cannibal Cop”, Gilberto Valle, absuelto por fantasías sexuales extremas nunca actuadas, destaca el desafío legal y ético de criminalizar el pensamiento. Las fantasías de violación, aunque perturbadoras, son comunes entre mujeres (62% en un estudio), sirviendo a menudo como “representaciones erotizadas” de dinámicas de poder más que deseos reales de agresión. Estas fantasías pueden ser confusas, desde escenarios “completamente eróticos” de rendición forzada hasta experiencias “aversivas” similares a traumas. El foco debe estar en el efecto de la fantasía, no solo en su contenido, pues muchas fantasías “inusuales” no causan daño.
Pornografía y su impacto. El consumo de pornografía es un fenómeno masivo, con muchos viéndola mensualmente. Aunque algunas investigaciones vinculan la pornografía, especialmente la violenta, con mayor agresión sexual verbal, la relación es compleja y suele ser correlacional, no causal. El uso frecuente puede alterar sistemas cerebrales de recompensa, llevando a necesitar contenido más extremo. Sin embargo, la pornografía también cumple funciones educativas y exploratorias, y algunos estudios sugieren que puede mejorar el conocimiento sexual. El debate ético sobre la pornografía debe superar la vergüenza para abordar sus realidades, incluyendo la distinción entre contenido adulto consensuado e ilegal.
Más allá del binarismo. La criminalización de relaciones LGBTQIPA+ en muchos países, a veces con pena de muerte, refleja intolerancia social profunda. La evidencia científica apunta cada vez más a que la homosexualidad es genética, no una elección, desafiando creencias discriminatorias. La homofobia internalizada, donde individuos luchan por aceptar su sexualidad, se asocia con peor salud mental. La revelación personal del autor sobre su bisexualidad destaca la “borradura bi” y la invisibilidad de quienes no encajan en categorías estrictas de gay o heterosexual. La transparencia y la “hipótesis del contacto” —que interacciones positivas con minorías reducen prejuicios— son cruciales para fomentar aceptación y desmontar estereotipos dañinos.
7. Entender, no condenar, es clave para prevenir el abuso sexual infantil.
La gente con pedofilia debería estar muerta, incluso si nunca cometieron actos criminales.
El estigma de la pedofilia. La pedofilia, definida como interés sexual en niños prepubescentes, es una de las condiciones más estigmatizadas, con gran parte de la población deseando la muerte de quienes la padecen, incluso si nunca han delinquido. Esta deshumanización extrema dificulta la prevención y el tratamiento efectivos. Es crucial distinguir entre la atracción sexual (pedofilia, hebephilia) y el acto de abuso sexual infantil.
Prevalencia y conceptos erróneos. Los intereses pedohebephílicos son más comunes de lo que se cree, estimados en 2-3% de hombres adultos, lo que significa que muchos luchan en silencio con estos impulsos. Conceptos erróneos clave incluyen:
- No todos los abusadores sexuales infantiles son pedófilos, ni todos los pedófilos son abusadores. Muchos abusadores son “oportunistas”, atraídos por adultos pero explotando niños vulnerables. Dos tercios de hombres con impulsos pedohebephílicos nunca actúan.
- Los abusadores suelen ser conocidos, no extraños. La mayoría de abusos son cometidos por familiares o amigos de la familia.
- La mayoría no fueron abusados en su infancia. Aunque el abuso infantil es un factor de riesgo, no es causa universal.
- El consumo de pornografía infantil no siempre conduce a delitos offline. La empatía hacia la víctima puede actuar como barrera.
Raíces biológicas y reducción de daños. La investigación sugiere que la pedohebephilia tiene raíces biológicas, vinculadas a factores como menor estatura, zurdera, menor coeficiente intelectual y conexiones cerebrales distintas, lo que implica que es una orientación sexual innata, no una elección. Este entendimiento desplaza el foco del reproche a la gestión de impulsos. Las estrategias de reducción de daños incluyen:
- Líneas de ayuda anónimas y terapia: Apoyo para manejar deseos y desafiar distorsiones cognitivas dañinas (ej. “sexo con niños es inofensivo”).
- Castra química: Reducción temporal del deseo sexual, aunque controvertida y no “cura.”
- Sustitutos “falsos niños”: Muñecos sexuales infantiles o pornografía generada por computadora, éticamente complejos pero con potencial para reducir daños, aunque se requiere más investigación.
El objetivo es ayudar a las personas a “vivir responsablemente con sus deseos sexuales” y evitar que se conviertan en agresores, enfatizando que los pedohebephílicos son seres humanos complejos, no monstruos.
8. El dinero y los sistemas corporativos pueden cegarnos ante daños profundos.
Las personas buscan justificar conductas egoístas para proteger sus propios intereses.
La paradoja de la carne. Nuestra relación con el dinero a menudo crea un distanciamiento entre nuestras acciones y sus implicaciones éticas. La “paradoja de la carne” ejemplifica esto: condenamos la tortura animal pero consumimos carne, generando disonancia cognitiva. Para resolverla, justificamos nuestro comportamiento mediante:
- Normalización: Asociando el consumo de carne a costumbres sociales.
- Deshumanización de la fuente: Llamando “ternera” en lugar de “ternero torturado”, sanitizando el empaque.
Este proceso nos permite mantener una autoimagen moral mientras participamos en prácticas contradictorias con nuestros valores.
Intercambios tabú. Ciertos valores “sagrados”, como la vida humana, la libertad o la justicia, se consideran inapropiados para intercambiar por valores “seculares” como el dinero. Sin embargo, la sociedad asigna implícitamente valores monetarios a estas cosas, como calcular indemnizaciones por lesiones o muertes. El caso del Ford Pinto, donde Ford calculó que el costo de arreglar un defecto mortal era mayor que las posibles indemnizaciones legales, ilustra crudamente cómo las corporaciones pueden priorizar ganancias sobre vidas humanas. Este “mal instrumental” reduce el sufrimiento humano complejo a simples números en una hoja de cálculo.
La esclavitud como negocio. La esclavitud moderna, que afecta a más de 21 millones de personas en el mundo, es un ejemplo extremo de explotación impulsada por el lucro. Con un precio promedio de esclavo de 90 dólares, es más rentable que nunca. Los esclavistas, que a menudo se ven a sí mismos como “empresarios”, justifican sus acciones deshumanizando a los esclavos, creyendo que mantienen el orden o proveen necesidades básicas. Este “mito del mal puro” permite a los perpetradores distanciarse de las implicaciones morales de sus actos. De modo similar, la “ceguera ética” en entornos corporativos puede llevar a decisiones dañinas sin reconocer su dimensión ética, a menudo por fuerte identificación con los objetivos de la empresa o una cultura que prioriza la ganancia sobre todo.
9. Las presiones sociales y la autoridad pueden hacer que personas “buenas” sean cómplices de atrocidades.
Lo único necesario para que triunfe el mal es que las personas buenas no hagan nada.
La banalidad del mal. El Holocausto y figuras como Adolf Eichmann, que afirmaba “solo seguir órdenes”, desafiaron profundamente nuestra comprensión de la complicidad humana. Los experimentos de Milgram demostraron que “ciudadanos comunes podían causar daño a otro simplemente porque se les ordenaba,” mostrando lo fácil que es delegar la moralidad a figuras de autoridad. Replicaciones modernas confirman que la obediencia puede reducir la responsabilidad percibida por resultados dañinos. Esto evidencia el peligro de dar pequeños pasos sin pensar, deshumanizar a otros, la desindividualización, la difusión de responsabilidad, la obediencia ciega, la conformidad acrítica y la tolerancia pasiva.
Cultura de la violación y complicidad. El sexismo cotidiano y los “mitos de la violación” contribuyen a una cultura que normaliza el acoso y la agresión sexual. Creencias como “la víctima lo provocó” o “no fue realmente violación” excusan a los agresores y culpan a las víctimas, a menudo basadas en una “hipótesis del mundo justo” que asume que las personas reciben lo que merecen. Estudios han mostrado que citas de revistas masculinas promoviendo visiones sexistas a veces se perciben como más degradantes que las de violadores convictos, indicando cómo los medios masivos normalizan actitudes dañinas. Esta aceptación generalizada de mitos crea una ilusión de control, haciendo menos probable que la sociedad aborde las verdaderas causas de la violencia sexual.
El efecto espectador y la radicalización. El “efecto espectador”, vinculado al asesinato de Kitty Genovese, explica por qué las personas a menudo no intervienen en emergencias. Factores como la difusión de responsabilidad, miedo al juicio y la ignorancia pluralista llevan a asumir que otros actuarán o que no se necesita acción. Esta inacción puede ser tan perjudicial como el daño directo. De modo similar, la radicalización hacia el terrorismo no suele estar impulsada por psicopatía o enfermedad mental, sino por un cambio incremental en creencias y acciones, alimentado por contagio social, deseo de pertenencia o injusticias percibidas. Las organizaciones terroristas proveen justificaciones para la violencia extrema, convirtiendo “problemas de conciencia” en sacrificios nobles percibidos.
10. Todos somos capaces tanto de gran daño como de gran heroísmo.
Los actos malvados no son necesariamente obra de hombres malvados, sino atribuibles a la operación de poderosas fuerzas sociales.
Más allá de la etiqueta “malvado.” La naturaleza omnipresente de las fallas humanas y la poderosa influencia de fuerzas sociales sugieren que el “mal” no es un rasgo exclusivo de unas pocas “manzanas podridas”, sino un potencial en todos nosotros. Esta comprensión, sin embargo, no excusa conductas dañinas. En cambio, nos impone mayor responsabilidad para reconocer y resistir estas influencias. Al descomponer las atrocidades en sus componentes individuales —examinando cerebros, disposiciones y sistemas sociales— podemos obtener insights cruciales para la prevención e intervención.
El lado luminoso de nuestra oscuridad. Muchos rasgos que pueden conducir al daño también sustentan logros humanos positivos. Por ejemplo, la mentalidad de romper reglas asociada con la deshonestidad puede fomentar la creatividad, impulsando innovación y progreso. La desviación de la norma, aunque a veces conduce a la villanía, también puede ser la marca del heroísmo —como un soldado que desobedece una orden ilegal o una persona que enfrenta a acosadores. Estos actos de “heroísmo banal” demuestran que la capacidad para el bien extraordinario, al igual que para el daño, es común y accesible para todos.
Fomentando la imaginación heroica. Para contrarrestar el “efecto Lucifer” —cómo las personas buenas se vuelven malas— debemos cultivar la “imaginación heroica.” Esto implica:
- Compartir historias de héroes normales: Inspirar a otros a ver el heroísmo como alcanzable.
- Cultivar la preparación: Prepararse mentalmente para oportunidades de actuar heroicamente.
- Fomentar la acción colectiva: Reconocer que los héroes pueden reclutar a otros para amplificar su impacto.
Al entender la compleja interacción entre psicología individual y dinámicas sociales, podemos empoderarnos a nosotros mismos y a nuestras comunidades para luchar contra el daño, desafiar nuestros propios sesgos y elegir activamente la compasión y la intervención sobre la apatía y la complicidad. El llamado final es dejar de etiquetar personas o conductas como “malvadas” y, en cambio, involucrarnos en una indagación reflexiva y empática para construir un mundo más justo y humano.
Resumen de reseñas
Evil: The Science Behind Humanity's Dark Side ha recibido opiniones encontradas. Algunos valoran su contenido provocador y el desafío que plantea a las ideas convencionales sobre el mal, mientras que otros critican la falta de rigor científico y los argumentos controvertidos que presenta. Los críticos sostienen que el enfoque de Shaw es demasiado simplista y que sus conclusiones carecen de un respaldo sólido. Muchos lectores percibieron un tono aleccionador y una estructura poco ordenada. Algunos capítulos resultaron más atractivos que otros. En conjunto, los reseñadores reconocen el esfuerzo por abordar un tema complejo, aunque consideran que la obra no alcanza la profundidad ni la calidad esperadas.
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