Ideas clave
1. La guerra cultural encubierta de la CIA: el arte y las ideas como armas
El propio Congreso estaba rodeado de agentes de propaganda que trabajaban en radio, libros, cine, arte, música, sindicatos, grupos estudiantiles, y más.
Un vasto aparato de propaganda. La CIA, especialmente a través de su Oficina de Coordinación de Políticas (OPC) y luego la Dirección de Planes, orquestó una enorme campaña cultural de propaganda durante la Guerra Fría. Esto implicó financiar e influir en secreto en una amplia gama de instituciones culturales, desde revistas literarias y editoriales hasta estudios de cine y orquestas sinfónicas, todo con el objetivo de contrarrestar la influencia soviética y promover “el modo de vida americano”. La meta era conquistar “los corazones y las mentes” de intelectuales y público, especialmente en Europa y el mundo en desarrollo.
Moldeando narrativas culturales. La agencia promovía activamente ciertos estilos artísticos y relatos mientras suprimía otros. Por ejemplo, el expresionismo abstracto, con su énfasis en la libertad individual, fue defendido en secreto frente al realismo social, considerado demasiado cercano a la estética soviética. Esta manipulación alcanzó también a programas académicos, como los Estudios Americanos en Yale, que explícitamente buscaban defender la “alternativa americana” como arma en la Guerra Fría, difuminando las fronteras entre la erudición y los intereses estatales.
“Hacerlo en negro” para negar responsabilidades. Para evitar el escrutinio público y acusaciones de propaganda, la CIA canalizaba fondos a través de numerosas organizaciones fachada, fundaciones y empresas pantalla. Esta financiación clandestina permitió a la agencia operar sin rendir cuentas, eludiendo procesos democráticos y debates públicos. El secreto era fundamental, asegurando que los productos culturales parecieran expresiones independientes de libertad artística, y no instrumentos de la política estatal.
2. Los orígenes entrelazados de The Paris Review: una tapadera para operaciones encubiertas
Matthiessen admitió que “The Paris Review fue originalmente creada y usada como tapadera para [sus] actividades como agente de la Agencia Central de Inteligencia.”
Una revista literaria con un secreto. The Paris Review, fundada por Peter Matthiessen, Harold “Doc” Humes y George Plimpton, se presentaba como un trimestral literario apolítico centrado en la creación artística. Sin embargo, Matthiessen, recluta temprano de la CIA, usó la revista como cobertura para sus actividades de inteligencia en París. Este vínculo inicial y directo estableció un patrón de enredos con el aparato cultural de la CIA, pese a posteriores negaciones de Plimpton y Matthiessen.
Colaboración financiera y editorial. Más allá del papel directo de Matthiessen, The Paris Review desarrolló una relación simbiótica con el Congreso por la Libertad Cultural (CCF), financiado por la CIA. Esto incluyó:
- Recibir elogios y publicidad temprana desde círculos de la CIA.
- Conceder derechos de reimpresión de sus famosas entrevistas a autores a revistas del CCF en todo el mundo.
- Compartir costos editoriales y evaluar candidatos para puestos “de empleo conjunto”, donde editores trabajaban tanto para The Paris Review como para el CCF.
- Recibir suscripciones gubernamentales y compras al por mayor del Servicio de Información de Estados Unidos (USIS), conocido frente de propaganda.
Conciencia diversa entre los fundadores. Mientras Matthiessen finalmente confesó su rol inicial en la CIA (aunque luego intentó ocultar detalles), Plimpton minimizó o negó vínculos profundos, incluso ante la acumulación de pruebas. Doc Humes, cada vez más paranoico por la vigilancia, instó a sus cofundadores a sincerarse, temiendo que la asociación con instituciones secretas llevaría inevitablemente a la “putrefacción” y comprometería la integridad de la revista. Sus súplicas fueron desestimadas, evidenciando conflictos internos y ambigüedades morales entre los fundadores.
3. Doctor Zhivago de Pasternak: un arma literaria en la Guerra Fría
El mensaje humanista de Pasternak —que toda persona tiene derecho a una vida privada y merece respeto como ser humano, independientemente de su lealtad política o contribución al Estado— plantea un desafío fundamental a la ética soviética del sacrificio del individuo al sistema comunista.
Una obra maestra prohibida. Doctor Zhivago, novela crítica con el sistema soviético, fue censurada por las autoridades soviéticas. Esto creó una oportunidad ideal para que la CIA convirtiera la literatura en arma, publicando en secreto el libro en ruso y distribuyéndolo en la Feria Mundial de 1958 en Bélgica, transformando a Pasternak en símbolo de la represión soviética y herramienta en la batalla propagandística de la Guerra Fría.
Operación clandestina de publicación de la CIA. La agencia, a través de su Free Europe Press y otros canales, “lo hizo en negro”, publicando una edición rusa no autorizada de Doctor Zhivago pese al deseo de Pasternak de evitar la implicación directa del gobierno estadounidense. Esta operación incluyó:
- Obtener el manuscrito mediante inteligencia británica.
- Subcontratar la publicación a Felix Morrow, vinculado al Comité Americano por la Libertad Cultural.
- Violar los derechos de autor de Feltrinelli y las instrucciones explícitas de Pasternak de retrasar la publicación.
- Usar razonamientos legales selectivos para justificar la piratería del libro con fines propagandísticos.
La trágica instrumentalización de Pasternak. La controversia llevó a que Pasternak fuera obligado a rechazar el Premio Nobel y sufriera acoso intenso que afectó gravemente su salud. Se enfureció al ver la versión rusa publicada por la CIA, plagada de errores, sintiendo que su obra había sido comprometida y distorsionada. Su amante, Olga Ivinskaya, fue encarcelada y torturada psicológicamente, soportando la furia del régimen, mientras The Paris Review intentaba sacar provecho del asunto sindicando su entrevista a Pasternak a través de canales del CCF.
4. Censura en nombre de la libertad cultural: suprimiendo la disidencia
La responsabilidad de los editores era defender el punto de vista americano sobre cualquier “problema” dado, y eliminar pasajes “abusivos” hacia Estados Unidos o su política.
La línea editorial “responsable”. A pesar de proclamar promover un “debate libre y abierto”, las revistas financiadas por la CIA como Encounter practicaban activamente la censura. Artículos considerados “antiamericanos” o críticos con la política exterior estadounidense eran rutinariamente suprimidos o severamente editados. No se trataba solo de rechazar textos, sino de imponer un “punto de vista americano” predeterminado y eliminar disidencias “irresponsables”.
Casos notables de supresión:
- “¡América! ¡América!” de Dwight Macdonald: Ensayo crítico con la cultura estadounidense y la conducta de sus soldados en Corea, aceptado por Encounter pero luego “vetado” por funcionarios del CCF y la CIA, temerosos de poner en riesgo la financiación.
- Artículo de Emily Hahn sobre China: Considerado “totalmente chocante” y “ofensivo” por su postura crítica hacia la política estadounidense en China, también fue eliminado por los supervisores de Encounter.
- A Painter of Our Time de John Berger: Novela que incluía un personaje que apoyaba al líder húngaro respaldado por la URSS, János Kádár, fue “retirada” por siete años por la editorial de Encounter, Secker & Warburg.
Más allá de la prensa: la “libertad militante” de Hollywood. La censura alcanzó al cine, con el Pentágono y la CIA promoviendo la “libertad militante” —una campaña propagandística para insertar valores proamericanos en las películas. Esto implicó:
- Insertar “las ideas correctas con la sutileza adecuada” en los guiones.
- Excluir filmes que “no apoyaran la política exterior estadounidense.”
- Censurar representaciones de racismo, pobreza y “obscenidad” para proteger la imagen nacional en el extranjero.
- Incluso cambiar el final de Rebelión en la granja de Orwell para eliminar la crítica a las potencias occidentales.
5. El despertar de James Baldwin: de colaborador a crítico feroz
Nunca he tenido miedo de Rusia, China o Cuba, pero sí estoy aterrorizado de este país.
Compromiso inicial y manipulación sutil. James Baldwin, voz literaria en ascenso, encontró oportunidades en revistas secretamente implicadas en la Guerra Fría cultural. Sus primeros ensayos, como “La novela de protesta de todos”, se publicaron en medios como Partisan Review, vinculado al Comité Americano por la Libertad Cultural. Su editor, Sol Stein, propagandista conocido, intentó sutilmente orientar las críticas de Baldwin, enmarcando su obra para contrarrestar el antiamericanismo europeo e incluso ofreciendo compras gubernamentales al por mayor de sus libros.
Enfrentando la hipocresía estadounidense. Las experiencias de Baldwin, especialmente al observar el racismo en Estados Unidos y la negativa del Departamento de Estado a otorgar pasaporte a W.E.B. Du Bois para una conferencia de escritores negros, agudizaron su crítica. Percibió la hipocresía de promover la “libertad cultural” en el extranjero mientras se reprimían los derechos civiles en casa. Su ensayo “Príncipes y poderes” para Encounter fue criticado por Stein por su “inexactitud” al equiparar las ambiciones globales de EE.UU. y la URSS, un clásico argumento de “equivalencia moral” para silenciar disidencias.
Radicalización y vigilancia. A medida que Baldwin se convirtió en voz líder del movimiento por los derechos civiles, su enfoque pasó de debates literarios abstractos a las brutales realidades del racismo estadounidense. Desafió a figuras prominentes como William Faulkner por su ambigüedad racial y denunció cada vez más a EE.UU. como “el pueblo más desagradable del mundo”. Esta franqueza le valió una intensa vigilancia del FBI, que lo etiquetó como “comunista” pese a lo absurdo de la acusación, demostrando cómo el Estado de seguridad perseguía incluso a sus críticos más elocuentes.
6. Reacción en América Latina: golpes, propaganda y manipulación literaria
Si vas a hablar de dignidad humana en Rusia, ¿por qué es tan difícil hablar de dignidad humana en la República Dominicana?
Las raíces del sentimiento antiamericano. José Figueres Ferrer, expresidente de Costa Rica y aliado de EE.UU., explicó sin rodeos al Senado estadounidense por qué los latinoamericanos despreciaban al vicepresidente Nixon: el apoyo estadounidense a dictadores brutales e intervenciones como el golpe de 1954 en Guatemala. Este golpe, orquestado por la CIA para proteger los intereses de United Fruit, reemplazó a un líder democráticamente electo por un régimen represivo, desencadenando décadas de violencia y la prohibición de libros, incluidos los de futuro Nobel Miguel Ángel Asturias.
Frentes mediáticos de la CIA en América Latina. Para contrarrestar este antiamericanismo, la CIA lanzó revistas como Combate (cofundada por Figueres y Norman Thomas), Cuadernos y luego Mundo Nuevo. Estas publicaciones buscaban promover la socialdemocracia y defender sutilmente la política estadounidense, pero enfrentaron censura interna y dificultades para ganar credibilidad entre intelectuales latinoamericanos conscientes de las intervenciones de EE.UU.
Manipulación de figuras literarias. Las operaciones culturales de la CIA alcanzaron a escritores destacados:
- Pablo Neruda: El poeta chileno de izquierda fue blanco de una campaña difamatoria del CCF para negarle el Nobel, aunque luego su poesía fue solicitada por Mundo Nuevo para darle prestigio.
- Gabriel García Márquez: Su obra maestra, Cien años de soledad, fue extractada en Mundo Nuevo sin que él conociera plenamente los vínculos de la revista con la CIA. Radicalizado por eventos como el golpe en Guatemala y la Revolución Cubana, García Márquez apoyó inicialmente a Castro, pero luego se sintió “cornudo” por la apropiación de su obra por parte de la CIA.
7. El “Mighty Wurlitzer” y el control mediático interno
La CIA había pasado de renunciar a funciones de seguridad interna a asignar la máxima prioridad al espionaje político doméstico.
De la propaganda extranjera a la subversión interna. La vasta experiencia de la CIA en propaganda exterior, apodada el “Mighty Wurlitzer” de Frank Wisner, se volvió hacia adentro. La Operación MHCHAOS (o Chaos), lanzada en 1967, marcó un giro decisivo, apuntando a la creciente prensa anti-guerra e independiente dentro de Estados Unidos. Esta operación buscaba espiar, desestabilizar y destruir medios críticos con la política estadounidense, haciendo la guerra al periodismo mismo.
Métodos de penetración en medios domésticos:
- Infiltración: Agentes como Sal Ferrera se hicieron pasar por hipsters o periodistas para infiltrarse en periódicos anti-guerra como Quicksilver Times, sembrando discordia y provocando su cierre.
- Vigilancia: La CIA aprovechó alianzas con el FBI y el Ejército para someter a periodistas anti-guerra a intensa vigilancia, violando su propio mandato contra operaciones domésticas.
- Golpes preventivos: Cuando denunciantes amenazaban con revelar vínculos de la CIA con instituciones académicas (como el Proyecto Vietnam de la Universidad Estatal de Michigan o la Asociación Nacional de Estudiantes), la agencia organizó conferencias de prensa preventivas para controlar la narrativa y minimizar daños.
Mockingbird y los medios convencionales. El plan de penetración mediática más profundo, “Mockingbird”, reveló que la CIA compartía editores, reporteros y ejecutivos con grandes organizaciones de noticias. Esta red permitía plantar o eliminar historias, asegurando que prevaleciera el “punto de vista americano” incluso en medios supuestamente independientes. Figuras como William F. Buckley, agente encubierto de la CIA, atacaban activamente a críticos de la política estadounidense, demostrando cómo los operativos de inteligencia usaban sus plataformas mediáticas para propaganda.
8. Afganistán: la culminación de la intervención encubierta y la radicalización
La gente contra la que luchamos hoy la apoyábamos en la lucha contra los soviéticos.
Un nuevo frente para el rollback. Afganistán se convirtió en un campo de batalla crucial para la renovada estrategia de “rollback” de la CIA a finales de los años 70. Estados Unidos apoyó en secreto a combatientes islamistas (muyahidines) contra el régimen soviético incluso antes de la invasión de 1979. Esta política, impulsada por la doctrina del “arco del Islam” del asesor de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, buscaba atraer a los soviéticos a su “Vietnam”.
El fundador de The Paris Review como “conducto”. John Train, editor gerente fundador de The Paris Review, fue figura clave en esta operación encubierta. A través de su Comité de Ayuda a Afganistán (ARC), supuestamente una organización de ayuda a refugiados, Train actuó como “conducto” para financiar y coordinar propaganda anticomunista. Sus esfuerzos incluyeron:
- Financiar películas para televisión pública y cristiana dirigidas a universidades.
- Proponer al comandante islamista Gulbuddin Hekmatyar (luego terrorista designado) como gestor de propaganda.
- Colaborar en libros de texto llenos de propaganda antiinfiel para refugiados afganos.
Instigar violencia para la propaganda. La “idea Seitz” de Train buscaba “imponer a la Unión Soviética en Afganistán la cobertura televisiva que resultó fatal para la presencia estadounidense en Vietnam.” Esto implicaba orquestar escenarios donde se filmaran atrocidades soviéticas, incluyendo “ataques aéreos y destrucción de aldeas rurales y mezquitas” y “asesinatos de represalia”. Este enfoque cínico priorizó la propaganda sobre vidas humanas, contribuyendo directamente a la radicalización de los muyahidines y al surgimiento de figuras como Osama bin Laden y Al Qaeda.
9. La erosión de la libertad de prensa: un legado de secreto y corrupción
Lo que realmente habíamos estado viviendo era una paranoia que se transmitía de mente en mente como el sarampión en una escuela.
El costo del secreto. La participación omnipresente y oculta de la CIA en medios e instituciones culturales minó profundamente los principios de prensa libre y rendición de cuentas democrática. El mandato legal de la agencia de operar “fuera de este país” fue violado sistemáticamente, dando lugar a vigilancia, subversión y censura internas. Esta cultura del secreto fomentó la paranoia, como ejemplifican figuras como Doc Humes y Ernest Hemingway, cuyos temores de vigilancia fueron descartados como enfermedades mentales pero luego se confirmaron.
Una perversión de los ideales democráticos. En nombre de la “libertad cultural” y la lucha contra el comunismo, el gobierno estadounidense adoptó prácticas que reflejaban a los regímenes totalitarios que decía combatir. Controló narrativas, incluyó en listas negras a disidentes e instrumentalizó a artistas e intelectuales, negándoles el derecho a negarse a participar en la propaganda. Se creó un sistema donde “editores inocentes” se vieron obligados a colaborar con la propaganda estatal, y voces críticas fueron marginadas o silenciadas.
Un Cuarto Poder debilitado. El legado a largo plazo de estas operaciones encubiertas es un panorama mediático debilitado, donde el papel tradicionalmente adversarial del periodismo se ha visto comprometido. La difuminación de las fronteras entre inteligencia y reportaje, el uso de periodistas como activos y la supresión sistemática de verdades incómodas han dejado una huella duradera en la confianza pública y la capacidad de la prensa para controlar al poder. La renuencia de instituciones como The Paris Review a revelar plenamente sus vínculos pasados perpetúa este ciclo de olvido, dificultando la claridad moral y la comprensión completa de nuestra historia compartida.
Resumen de reseñas
Las reseñas de Finks son en su mayoría positivas, con una calificación promedio de 3.96 sobre 5. Los lectores destacan la exhaustiva investigación de Whitney sobre la infiltración de la CIA en revistas literarias como The Paris Review. Muchos consideran que el libro abre los ojos respecto a las tácticas culturales de la Guerra Fría empleadas por la CIA, que incluyen financiar publicaciones, silenciar voces disidentes y manipular a escritores. Entre las críticas más comunes se encuentran la abundancia de nombres y organizaciones, un estilo a veces seco y una estructura que puede resultar confusa. Los lectores valoraron especialmente las revelaciones sobre George Plimpton, Peter Matthiessen y el preocupante trato que la CIA dio a escritores afroamericanos como James Baldwin.