Ideas clave
1. El Mandato Fundamental: Todo Discípulo Hace Discípulos
Desde los inicios del cristianismo, el resultado natural de ser discípulo de Jesús siempre ha sido hacer discípulos de Jesús.
El mandato claro de Jesús. Jesús ordenó a todos sus seguidores: “Id por todo el mundo y haced discípulos” (Mateo 28:19). Esto no es una sugerencia ni una tarea reservada solo para pastores o misioneros; es un llamado universal para cada cristiano. Históricamente, la iglesia primitiva comprendió esto, difundiendo activamente el mensaje y multiplicando creyentes.
Más allá del cristianismo espectador. Tristemente, este mandato costoso se ha transformado a menudo en una invitación cómoda para que los cristianos simplemente “vengan, sean bautizados y escuchen” en un solo lugar. Muchos cristianos hoy luchan para explicar qué significa hacer discípulos, delegando esta responsabilidad a profesionales. Esto margina a la mayoría de la iglesia a una mentalidad de espectadores, ignorando la comisión de Cristo.
Tu llamado personal. Dios quiere que cada discípulo haga discípulos que hagan discípulos, hasta que el evangelio alcance a todos los pueblos. Este propósito vale la pena dedicarle nuestra vida, no solo por los miles de millones que no conocen a Dios, sino también por nuestra propia alegría al compartir Su amor y difundir Su Palabra. Tú estás llamado a hacer discípulos, y este material está diseñado para darte la confianza de dar ese paso de fe.
2. Hacer Discípulos Requiere un Corazón de Amor y Ejemplo
Si hablo en lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, soy como un metal que resuena o un platillo que hace ruido.
La motivación es lo más importante. Nuestro “por qué” para hacer discípulos es crucial. A Dios le importa más el corazón que la actividad religiosa externa, como se ve en los fariseos, cuyo celo ministerial fue declarado “en vano” por Jesús debido a sus motivos sin amor. El ministerio sin amor no vale nada, nos hace “nada” y no nos aporta “nada”.
El amor es primero. El verdadero discipulado no consiste en acumular conocimiento o estatus, sino en amar a Dios y amar a las personas. Jesús identificó estos como los mandamientos más grandes, afirmando que si le amamos, guardaremos sus mandamientos, lo que incluye amar al prójimo. Este amor es sacrificial, reflejando el amor de Cristo por nosotros.
Enseña con tu vida. La hipocresía, enseñar verdades que no aplicamos, es dañina y hace que nuestra religión sea inútil. Como hacedores de discípulos, nuestras vidas deben ser transformadas por la Palabra de Dios, ofreciendo un ejemplo para que otros imiten. Esto no exige perfección, sino una entrega total a seguir a Jesús en cada aspecto de la vida, permitiendo que la verdad de Dios nos cambie continuamente.
3. La Iglesia es el Vehículo Esencial de Dios para el Discipulado
Es imposible hacer discípulos fuera de la iglesia de Jesucristo.
No hay héroes solitarios. Aunque la obediencia individual a Jesús es vital, no podemos seguirle en aislamiento. El Nuevo Testamento está lleno de mandatos de “unos a otros” — amarse, orar, animarse — que requieren comunidad. La iglesia no es un club social ni una opción; es la estrategia de Dios para alcanzar al mundo, un grupo de personas redimidas que viven y sirven juntos.
Compromiso con la iglesia local. Dios quiere que cada seguidor de Jesús forme parte de una comunidad local de creyentes, bajo liderazgo bíblico, para la comunión y la misión. Muchos evitan este compromiso por autosuficiencia, indecisión, heridas pasadas o simplemente porque no ven su importancia. Sin embargo, la iglesia local es donde crecemos a la semejanza de Cristo, llevamos las cargas unos de otros y expresamos el amor de Cristo al mundo.
Una comunidad atractiva. Jesús oró por la unidad de sus seguidores “para que el mundo crea que tú me enviaste.” Nuestro amor y unidad deben ser visibles para el mundo incrédulo, despertando su curiosidad sobre nuestra esperanza. Cuando la iglesia funciona como Dios quiere — generosa, santa, valiente y multiplicadora — se convierte en una comunidad atractiva que atrae a otros a Cristo.
4. La Biblia es la Palabra Autoritativa de Dios para la Transformación
Si realmente creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, entonces debe ser mucho más que un libro con el que estamos familiarizados.
Comunicación directa de Dios. La Biblia es la “Palabra de Dios,” es decir, el Creador todopoderoso y omnisciente eligió escribirnos. Debemos acercarnos a ella con la misma reverencia que al escuchar una voz del cielo, permitiendo que moldee cada aspecto de nuestra existencia y guíe nuestras decisiones.
Más allá de motivaciones equivocadas. Muchos estudian la Biblia por culpa, estatus o solo para obtener material de enseñanza. Estas motivaciones no captan la verdadera intención de Dios. Él nos dio la Biblia:
- Para enseñarnos sobre Él mismo (su carácter, poder, justicia, amor)
- Para enseñarnos sobre nosotros y el mundo (nuestro origen, propósito, destino)
- Para capacitarnos a vivir vidas piadosas (completándonos y equipándonos para buenas obras)
- Para facilitar una relación con Él (sus pensamientos, emociones, deseos)
- Para exaltar a Jesús (toda la Escritura apunta a Él)
- Para prepararnos para nuestra misión dada por Dios (nuestras órdenes de marcha)
La Biblia nos lee a nosotros. La Escritura es “viva y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos,” penetrando hasta lo más profundo y exponiendo quiénes somos realmente. Si leemos la Biblia sin cambiar, la estamos abordando incorrectamente. No se trata de encontrar apoyo para nuestras ideas, sino de dejar que Dios nos transforme y redefina, acercándonos a Él.
5. Estudia la Biblia con Diligencia, Lógica y Contexto
Procura presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja bien la palabra de verdad.
La diligencia es un mandato. Dios nos llama a “hacer lo mejor” en el estudio de Su Palabra, amándole con nuestra mente. La pereza es inexcusable al tratar con las palabras que Dios eligió para comunicarse. Malinterpretar la Escritura puede tener consecuencias graves en nuestra vida, por eso el estudio cuidadoso es esencial.
El contexto es rey. Cada palabra, frase y capítulo obtiene su significado del contexto que lo rodea. Leer versículos aislados aumenta enormemente la posibilidad de error. Debemos leer la Biblia como una “manzana” (la fruta completa) y no como una “naranja” (pedazos aislados), siempre atentos a cómo cada parte se conecta con la historia más amplia del capítulo, libro y toda la Biblia.
Interpretación vs. aplicación. Es crucial distinguir entre lo que un pasaje significa (su interpretación única e intencionada) y cómo se aplica a nuestras vidas específicas (que puede ser variado). Debemos buscar el sentido claro del texto, tomándolo literalmente a menos que el contexto indique claramente una figura retórica. Además, entender el contexto gramatical e histórico ayuda a revelar la intención original del autor, evitando prejuicios y suposiciones personales que distorsionan la verdad.
6. La Historia de Dios: Creación, Caída y la Promesa de Redención
La Biblia cuenta una historia. Y es una historia verdadera. Una historia que da sentido a nuestra existencia, a nuestra vida diaria y a todas las demás historias en la tierra.
El comienzo perfecto. La historia bíblica comienza con Dios, el Rey eterno y todopoderoso, creando un mundo “muy bueno” de la nada por su palabra. La humanidad, hecha a su imagen, fue colocada en el Jardín del Edén para gobernar amorosamente en su nombre, viviendo en perfecta armonía con Dios, entre sí y con la creación. Este estado inicial prepara el escenario para entender todo lo que sigue.
El giro trágico. Génesis 3 describe “la caída,” cuando Adán y Eva, tentados por las sutiles mentiras de Satanás, eligieron rebelarse contra el reinado de Dios, afirmando su autonomía. Este acto de desobediencia trajo consecuencias devastadoras:
- Separación de Dios (exilio del Edén)
- Relaciones rotas (vergüenza, desconfianza, culpas)
- Maldición sobre la creación (dolor en el parto, trabajo arduo, espinas, futilidad)
- Muerte (espiritual inmediata, física eventual)
La expansión del pecado. Los efectos de la caída se intensificaron rápidamente, llevando al asesinato de Abel por Caín, la maldad generalizada, el diluvio global y la rebelión en la torre de Babel. Estos eventos muestran la persistente rebeldía humana y su incapacidad para representar a Dios fielmente. Sin embargo, incluso en estas etapas tempranas, Dios insinuó un plan de redención, prometiendo que la serpiente sería aplastada y estableciendo pactos para preservar su creación.
7. Los Pactos de Dios: Formando un Pueblo para Su Misión Global
El plan de Dios para rescatar al mundo del pecado comenzó muy silenciosamente. Dios eligió a un hombre, Abraham, y le dijo: “Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, para que seas bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga maldeciré; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.”
Una promesa global. Tras los repetidos fracasos de la humanidad, Dios inició su plan global de redención llamando a Abraham. Prometió hacer de Abraham una gran nación, bendecirlo y engrandecer su nombre, para que fuera bendición para “todas las familias de la tierra.” Este pacto incondicional, confirmado solo por Dios, reveló su compromiso de crear un pueblo que encarnara y difundiera su salvación.
La Ley y la relación. Con Moisés, Dios estableció un pacto condicional, entregando a Israel la Ley en el monte Sinaí. Esta Ley, incluyendo los Diez Mandamientos, definió la identidad de Israel como “tesoro especial” de Dios y “reino de sacerdotes” y “nación santa.” Proporcionó un código para mantener la relación con un Dios santo, prometiendo bendiciones por la obediencia y maldiciones (como el exilio) por la desobediencia. La Ley no era para salvar por obras, sino para relacionarse.
La línea real de David. El pacto con David prometió un reino eterno y una línea real, reiterando las promesas hechas a Abraham y Moisés. Esto estableció la expectativa de un Rey venidero, un “retoño del tronco de Jesé,” que gobernaría perfectamente a Israel y a las naciones, restaurando el reinado de Dios. A pesar de la desobediencia constante de Israel y su exilio eventual, los pactos de Dios permanecieron firmes, apuntando a una futura recreación de su pueblo y un nuevo pacto.
8. Sacrificio y Expiación: La Solución a la Separación por el Pecado
El sistema sacrificial del Antiguo Testamento exigía un sacrificio por el pecado, y Jesús se ofreció a sí mismo como el sacrificio supremo por nosotros.
El costo devastador del pecado. La tensión fundamental en el plan de Dios es cómo un Dios santo puede mantener relación con un pueblo pecador. Desde que Adán y Eva se cubrieron con pieles de animales hasta que Abraham casi sacrificó a Isaac, el Antiguo Testamento señala consistentemente el sacrificio como la solución divina para el pecado. Un animal debía morir para cubrir la vergüenza del pecado, anticipando un sacrificio mayor.
El sistema sacrificial de la Ley. La Ley mosaica detalló un extenso sistema de sacrificios animales, cada uno con funciones como expresar gratitud, demostrar arrepentimiento y hacer expiación por el pecado. La expiación, que significa “estar en paz,” reconciliaba a las personas distanciadas de Dios por el pecado. La necesidad constante de sacrificios, a menudo sangrientos y complicados, recordaba gráficamente la gravedad del pecado y la necesidad de un sustituto.
El sacrificio supremo. El Día de la Expiación anual, cuando el sumo sacerdote ofrecía sacrificios por sus propios pecados y por la nación, y un “chivo expiatorio” llevaba los pecados lejos, ilustraba vívidamente la provisión de Dios para el perdón. Sin embargo, la necesidad de repetición constante y el rechazo divino a sacrificios sin amor (Malaquías) mostraban las limitaciones del sistema. Todos estos sacrificios culminaron en Jesucristo, nuestro “Cordero de Pascua,” cuyo sacrificio único y perfecto expió el pecado para siempre, estableciendo el nuevo pacto con su sangre.
9. La Presencia de Dios: Del Tabernáculo a Jesús y al Espíritu en Nosotros
La verdad asombrosa fue que Dios bendijo a su pueblo con el mayor regalo que podía dar: a sí mismo.
Anhelo de presencia. La mayor pérdida de la humanidad tras la Caída fue la presencia íntima de Dios, pues Adán y Eva fueron expulsados del Edén. El tema central de la Biblia es el deseo de Dios de habitar con su pueblo, y el anhelo de ellos por recuperar esa comunión.
Tabernáculo y Templo. Dios proveyó una solución mediante el tabernáculo, una tienda portátil donde su presencia (el arca del pacto) habitaba entre Israel, haciéndolos distintos. Más tarde, Salomón construyó el templo permanente, señalando la residencia de Dios en la Tierra Prometida. Estas estructuras eran palacios para el Rey, vislumbres del reino de Dios en la tierra. Sin embargo, Dios advirtió que su presencia dependía de la obediencia, y tristemente, su gloria se retiró debido al pecado e idolatría de Israel, conduciendo al exilio.
Jesús, el Espíritu y la Iglesia. El problema de la presencia de Dios se resolvió finalmente en Jesús, quien “se hizo carne y habitó entre nosotros,” literalmente “armando su tienda” (tabernáculo) entre la humanidad. Con Jesús, la presencia de Dios se encarnó perfectamente. Ahora, por medio del Espíritu Santo, la presencia de Dios habita en cada creyente y en la iglesia colectiva, haciéndonos “templo del Espíritu Santo.” Esta morada es un milagro que nos capacita para vivir fielmente y cumplir la misión de Dios hasta que su presencia llene toda la tierra renovada.
10. Jesús el Mesías: El Cumplimiento del Reino y los Pactos de Dios
“Estas cosas se escribieron para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.”
El Rey esperado. Israel, bajo dominio romano y dividido por esperanzas encontradas, esperaba al Mesías — el Rey de la línea de David que restauraría el reino de Dios. El nacimiento, ministerio e identidad de Jesús como “el Cristo” (Mesías) cumplieron esta antigua promesa, marcando “el cumplimiento del tiempo.” Él fue la culminación del plan de redención de Dios.
Totalmente Dios, totalmente hombre. Jesús fue un hombre real, experimentando hambre, cansancio y una muerte dolorosa. Pero también fue plenamente divino, existiendo eternamente con Dios antes de la creación, concebido por el Espíritu Santo, calmando tormentas, perdonando pecados y conociendo el futuro. Esta naturaleza dual única significa que es el único capaz de reconciliar a un Dios santo con una humanidad pecadora.
Vida a través de la muerte. La misión de Jesús, aunque sorprendente para muchos que esperaban un guerrero conquistador, se centró en su muerte. Vino a “salvar a su pueblo de sus pecados,” sirviendo como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” Su crucifixión fue el sacrificio supremo, cumpliendo el sistema sacrificial del Antiguo Testamento y estableciendo el nuevo pacto con su sangre. Su resurrección, la prueba definitiva, confirmó su identidad como Rey victorioso y aseguró nuestra esperanza.
11. La Gran Comisión: Capacitados por el Espíritu, para Todas las Naciones
Jesús se acercó y les dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
La misión única de la iglesia. Después de su resurrección, Jesús dio a sus discípulos la “Gran Comisión,” la tarea fundamental de la iglesia: extender el reino de Cristo haciendo discípulos de todas las naciones. Esta misión se basa en la autoridad absoluta de Jesús sobre toda la creación, dándonos confianza pese a la oposición.
Alcance mundial. Jesús es el Salvador de todas las personas, sin importar raza o nacionalidad, porque todos han pecado y necesitan su salvación. La misión es global, extendiéndose “en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra.” Esta enorme tarea requiere el poder de Dios, no solo esfuerzo humano, para transformar rebeldes en discípulos.
Discipulado capacitado por el Espíritu. Hacer discípulos implica contar a otros sobre Jesús, llamarlos a seguirle, bautizarlos como señal de identificación con Cristo y su iglesia, y enseñarles a obedecer todos sus mandamientos. Este proceso de toda la vida es imposible sin el Espíritu Santo, a quien Jesús envió como “el Consolador.” El Espíritu nos capacita, habita en nosotros y obra a través de la iglesia para cumplir esta misión, asegurando nuestra fidelidad y el avance del evangelio.
12. El Fin de la Historia: La Promesa de Dios de una Nueva Creación
La Biblia comienza con la afirmación “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” y termina con la declaración de Dios: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.”
Esperanza en el final. Meditar en el fin del mundo mantiene a los cristianos enfocados y nos recuerda que Dios tiene el control, trabajando hacia un glorioso desenlace. La primera venida de Jesús aseguró nuestra salvación, y su “Segunda Venida” la consumará, revirtiendo los efectos de la Caída y haciendo nuevas todas las cosas.
Reversión de la maldición. La humanidad siempre ha sentido que algo fundamentalmente anda mal en el mundo, una ruptura profunda causada por el pecado y la muerte. Toda la creación “gime con dolores de parto hasta ahora,” esperando ser liberada de su esclavitud a la corrupción. El plan integral de redención de Dios es deshacer todo lo que el pecado ha corrompido, trayendo justicia, paz y rectitud donde ahora hay injusticia, división y pecado.
Un cielo nuevo y una tierra nueva. El libro de Apocalipsis ofrece una hermosa visión del final de la historia: un “cielo nuevo y una tierra nueva” donde Dios habitará con su pueblo redimido. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor. Esta multitud multiétnica, de “todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas,” adorará a Dios por su salvación. Esta victoria segura debe alimentar nuestra confianza y gozo al perseguir la misión de Dios hoy, sabiendo que nuestros esfuerzos no son en vano.
Resumen de reseñas
Multiply ha recibido en su mayoría reseñas positivas (4.05/5) como recurso de discipulado. Los lectores valoran el énfasis que Francis Chan pone en el mandato bíblico de hacer discípulos, así como su estilo de escritura claro y accesible. La primera sección del libro explica qué significa el discipulado, mientras que la segunda mitad ofrece un recorrido por la teología bíblica desde Génesis hasta Apocalipsis. Muchos señalan que está diseñado para grupos pequeños más que para la lectura individual, e incluye preguntas de reflexión y videos gratuitos complementarios. Quienes lo critican mencionan que carece de consejos prácticos sobre el "cómo hacerlo" y que puede resultar básico para cristianos maduros, aunque la mayoría coincide en que es un recurso excelente para nuevos creyentes o para sentar bases sólidas en la fe.
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