Ideas clave
1. La demolición de la gloria allanó el camino para el “interés”
Esta asombrosa transformación del panorama moral e ideológico estalla de forma repentina, y las razones históricas y psicológicas que la explican aún no se comprenden del todo.
Un vacío moral. Durante siglos, la búsqueda del honor y la gloria, especialmente en los ideales caballerescos y aristocráticos, fue exaltada a pesar de las condenas religiosas. Sin embargo, en el siglo XVII, pensadores como Hobbes, Pascal y La Rochefoucauld “demolieron al héroe” sistemáticamente, mostrando las virtudes heroicas como meros actos de autopreservación, amor propio o vanidad. Esto dejó un vacío considerable en el panorama moral e ideológico dominante.
Sin reemplazo inmediato. De manera crucial, esta denuncia del ideal heroico no fue acompañada de inmediato por la promoción de un nuevo ethos burgués. La demolición simplemente restauró un estado de “igualdad en la ignominia” para todos los impulsos humanos, incluido el amor al dinero, que durante mucho tiempo había sido despreciado. Este cambio intelectual creó una necesidad urgente de nuevos principios que orientaran la conducta humana y el arte de gobernar, pues las restricciones morales y religiosas tradicionales se consideraban insuficientes.
Un origen complejo. El posterior ascenso del impulso adquisitivo y las actividades comerciales a una posición de honor no fue una simple victoria de una ideología sobre otra. Surgió de un proceso intelectual complejo y tortuoso, donde la crítica inicial a la búsqueda de la gloria abrió inadvertidamente la puerta a una reevaluación de otras motivaciones humanas, especialmente aquellas que podían ofrecer estabilidad en un mundo percibido como cada vez más caótico.
2. “El hombre tal como es realmente”: un llamado a un gobierno realista
En el párrafo inicial del Tractatus politicus ataca a los filósofos que “conciben a los hombres no como son, sino como les gustaría que fueran”.
Más allá del idealismo. Maquiavelo inició un cambio fundamental al distinguir entre “la verdad efectiva de las cosas” y “las repúblicas imaginarias”, defendiendo un enfoque científico y positivo del arte de gobernar. Esta exigencia de realismo se extendió a la naturaleza humana misma, pues la filosofía moralizante y los preceptos religiosos eran cada vez más vistos como ineficaces para contener las pasiones destructivas del hombre.
Una búsqueda científica. Inspirados por los avances en matemáticas y mecánica celeste, pensadores como Hobbes y Spinoza buscaron descubrir “leyes del movimiento” para las acciones humanas, al igual que para los cuerpos físicos. Spinoza, en particular, criticó vehementemente a los filósofos anteriores por sus visiones utópicas, proponiendo en cambio “considerar las acciones y apetitos humanos como si considerara líneas, planos o cuerpos”. Este enfoque empírico se consideró esencial para encontrar nuevas y más efectivas maneras de moldear el comportamiento humano.
El llamado perdurable. Esta insistencia en observar al hombre “tal como es realmente” continuó durante el siglo XVIII, resonando en Vico e incluso Rousseau, a pesar de sus diferentes visiones sobre la naturaleza humana. La convicción subyacente era que solo un análisis sincero de la psicología humana podía revelar soluciones prácticas al problema de las pasiones indómitas, superando la mera exhortación o la amenaza de la condena.
3. El principio de las pasiones contrapesadas
Así como en el gobierno de los estados a veces es necesario frenar a una facción con otra, así sucede en el gobierno interior.
Luchar fuego con fuego. Ante la percepción de la ineficacia de la moralización y las dificultades de la simple represión, surgió una tercera solución: discriminar entre pasiones y usar un conjunto para contrarrestar a otro. Esta estrategia de “divide y vencerás”, aunque insinuada por San Agustín, fue plenamente articulada por Bacon y Spinoza, quienes reconocieron la fuerza y autonomía de las pasiones.
La visión política de Bacon. Francis Bacon, basándose en su experiencia como estadista, defendió con fuerza “poner afecto contra afecto y dominar uno con otro”, comparándolo con cazar “bestia con bestia y ave con ave”. Este enfoque práctico buscaba manipular los impulsos humanos para obtener resultados beneficiosos, en lugar de intentar su imposible erradicación.
La aplicación radical de Hume. David Hume, aún más radicalmente, proclamó que la razón es “esclava de las pasiones”, haciendo esencial el principio contrapesado para el orden social. Argumentó que solo un “impulso contrario” podía oponerse a una pasión, sugiriendo incluso que el “afecto interesado” (amor al lucro) podía contrarrestarse a sí mismo mediante la reflexión, conduciendo a la preservación social y a una mayor adquisición. Esta idea se convirtió en una herramienta intelectual común para la ingeniería social en el siglo XVIII.
4. El “interés” como domador: una transformación semántica
Por la palabra interés no entiendo siempre un interés relacionado con la riqueza (un intérêt de bien), sino con mayor frecuencia uno relacionado con el honor o la gloria.
Del arte de gobernar al individuo. El concepto de “interés” surgió inicialmente en el contexto del arte de gobernar, significando una voluntad sofisticada y racional que guiaba a los príncipes más allá de los impulsos y pasiones momentáneas. El dictamen del duque de Rohan, “los príncipes ordenan a su pueblo y el interés ordena a los príncipes”, destacaba esta nueva fuerza constrictiva. Esta mezcla de búsqueda personal y racionalidad se aplicó luego a individuos y grupos dentro del Estado.
El estrechamiento del significado. Con el tiempo, el sentido amplio de “interés” —que abarcaba todas las aspiraciones humanas perseguidas con reflexión— comenzó a estrecharse. A finales del siglo XVII y principios del XVIII, especialmente en Inglaterra y Francia, “interés” se volvió cada vez más sinónimo de ventaja material y económica. La Rochefoucauld y Jean de Silhon notaron, y en el caso de Silhon deploraron, esta deriva semántica, donde “interés” quedó casi exclusivamente ligado a “l’Intérêt du bien ou des richesses”.
Un nuevo papel para la avaricia. Esta transformación semántica fue crucial. Una vez que la búsqueda de dinero recibió la etiqueta de “intereses”, perdió gran parte de su estigma tradicional como “avaricia” o “codicia”. Reingresando al ámbito intelectual con esta apariencia más neutral, fue entonces aclamada y asignada la tarea de domar otras pasiones más destructivas como la ambición o el ansia de poder. Esta inversión fue facilitada por la connotación positiva y curativa que “interés” había adquirido gracias a su asociación con una conducta ilustrada.
5. La previsibilidad y constancia económica como bienes sociales
La avaricia, o el deseo de ganancia, es una pasión universal que opera en todo tiempo, lugar y persona.
El atractivo de la previsibilidad. La creencia de que el comportamiento humano podía ser dominado por el “interés” generó un gran entusiasmo intelectual, ofreciendo una base realista para un orden social viable. A diferencia de la naturaleza errática y fluctuante de las pasiones, las acciones guiadas por el interés se veían como transparentes y predecibles. Esta previsibilidad se consideraba un activo importante, haciendo los asuntos humanos más manejables y menos propensos al caos.
La constancia como virtud. La forma más elemental de previsibilidad es la constancia, una cualidad muy valorada en una época que lidiaba con la “inconstancia y falta de fiabilidad” del hombre. Se esperaba que la búsqueda de intereses fuera firme, enfocada y metódica, en marcado contraste con la naturaleza caprichosa de las pasiones. Este aspecto ayudó a explicar la eventual identificación del “interés” con el amor al dinero, una pasión percibida como singularmente constante y persistente.
La insaciabilidad reevaluada. Hume caracterizó la avaricia como una “pasión obstinada”, “perpetua” y “universal”, a diferencia de otras pasiones que “operan solo por intervalos”. De manera similar, el Dr. Johnson señaló: “La avaricia es un vicio uniforme y manejable.” La misma insaciabilidad de auri sacra fames, tradicionalmente un vicio peligroso, fue ahora reinterpretada como una virtud porque implicaba constancia, ofreciendo un ancla estable en un mundo turbulento.
6. El comercio como fuerza “dulce” e “inocente”
Hay pocas ocupaciones en las que un hombre pueda emplearse más inocentemente que en ganar dinero.
Ocupaciones inocuas. El famoso epigrama del Dr. Johnson destaca un aspecto clave de la valoración positiva de la obtención de dinero: se consideraba “inocente” o inocua, en marcado contraste con las pasiones salvajes y peligrosas. Esta visión provenía en parte del persistente desprecio aristocrático hacia las actividades económicas, consideradas demasiado “vulgares” para causar un bien o mal a gran escala.
La “dulzura” del comercio. Desde finales del siglo XVII, el término “dulzura” (suavidad, calma, gentileza) se asoció con el comercio. Jacques Savary, en Le parfait négociant, afirmaba que el comercio “produce toda la dulzura de la vida”. Montesquieu sostuvo con fama que “dondequiera que los modos de los hombres son suaves (mœurs douces) hay comercio; y donde hay comercio, allí los modos de los hombres son suaves”.
Una influencia civilizadora. Esta percepción del comercio como una fuerza suavizante y pulidora se extendió a las relaciones internacionales, con Montesquieu proclamando que su “efecto natural... es conducir a la paz.” Surgió el término “naciones pulidas” para describir sociedades comerciales, sugiriendo que el comercio podía desgastar prejuicios y animosidad. Esta imagen positiva, a pesar de las realidades del comercio esclavista y prácticas violentas, reflejaba un deseo de “vacaciones de la grandeza (desastrosa)” y una fe en la capacidad del comercio para frenar la agresión humana.
7. La visión de Montesquieu: el comercio como freno al despotismo
Y es afortunado para los hombres estar en una situación en la que, aunque sus pasiones los impulsen a ser malos (méchants), sin embargo tengan interés en no serlo.
Eludir la violencia. Montesquieu, en El espíritu de las leyes, argumentó que el comercio, especialmente a través de la invención de la letra de cambio, permitió que la riqueza se volviera “invisible” y móvil, posibilitando que “eludiera la violencia” y la confiscación arbitraria por parte de los gobernantes. Esto obligó a los soberanos a gobernar con “mayor sabiduría de la que ellos mismos podrían haber previsto”, pues “las grandes y repentinas acciones arbitrarias” se volvieron ineficaces y contraproducentes.
Limitaciones al poder. Extendió este argumento a la degradación de la moneda, señalando que las operaciones de cambio extranjero hicieron imposibles tales “operaciones violentas” en tiempos modernos. Para Montesquieu, la movilidad de la “propiedad mueble” (effets mobiliers) actuaba como una poderosa limitación a la voluntad arbitraria del soberano, al igual que su propuesta separación de poderes. Vio estos mecanismos económicos como “auxiliares de las garantías constitucionales” contra el despotismo.
Un camino tortuoso hacia la moderación. El enfoque de Montesquieu consistió en mostrar a los gobernantes la inutilidad de sus excesos pasionales, en lugar de apelar directamente a la moralidad. Creía que el deseo insaciable y autoimpulsado de ganancia, canalizado a través del comercio, podía incorporarse a la “disposición de las cosas” para detener el poder con poder, domando así las “pasiones del soberano” y fomentando un orden político más moderado y predecible.
8. El “reloj delicado” de Steuart: la economía limita al soberano
Una economía moderna, por lo tanto, es el freno más eficaz que se haya inventado contra la locura del despotismo.
El dilema del estadista. Sir James Steuart, influido por Montesquieu y su exilio europeo, observó una paradoja: aunque el comercio y la industria fueron introducidos por príncipes ambiciosos para ganar poder, crearon inadvertidamente un “plan de administración más suave y regular”. La riqueza generada por un “pueblo opulento, audaz y enérgico” les daba el poder de “sacudirse su autoridad” si el príncipe actuaba arbitrariamente.
La economía como mecanismo delicado. Steuart comparó famosamente el “complicado sistema de la economía moderna” con la “delicadeza de un reloj, que no sirve para otro propósito que marcar el paso del tiempo, y que se destruye inmediatamente si se usa para otro fin o se toca con mano que no sea la más suave.” Esta metáfora implicaba que las medidas arbitrarias o irregulares del soberano serían exorbitantemente costosas y disruptivas, limitando efectivamente el poder absoluto.
Más allá del gobierno arbitrario. Steuart distinguió entre los abusos “arbitrarios” del poder, derivados de las pasiones del gobernante, y el “ajuste fino” requerido por un estadista ilustrado. La expansión económica moderna, argumentó, eliminaría los primeros imponiendo severas penalizaciones por tales intervenciones, mientras creaba simultáneamente la necesidad de una gestión cuidadosa y bien intencionada para mantener la delicada máquina económica en funcionamiento.
9. La libertad mercantil de Millar: acción colectiva contra la opresión
La voz del interés mercantil nunca deja de captar la atención del gobierno, y cuando es firme y unánime, es capaz incluso de controlar y dirigir las deliberaciones de los consejos nacionales.
El espíritu de la libertad. John Millar, figura de la Ilustración escocesa, desarrolló cómo el avance económico fomenta la libertad política. Sostuvo que el “progreso de las manufacturas, el comercio y las artes” conduce a una mayor “independencia personal” y a “nociones más elevadas de libertad general” entre la población, especialmente mediante una distribución más equitativa de la riqueza y una “gradación de la opulencia”.
Facilitación de la acción colectiva. Millar destacó que el comercio y las manufacturas concentran a la población en ciudades, creando “grandes grupos de obreros o artesanos” que, mediante el contacto constante, pueden “comunicar todos sus sentimientos y pasiones” y “unirse con igual facilidad para exigir la reparación de agravios.” Esta densidad urbana y empleo compartido hacía mucho más factible la acción colectiva contra gobiernos opresores que para poblaciones rurales dispersas.
El poder de la asociación mercantil. Más allá del pueblo, Millar observó que “órdenes superiores de mercaderes” se vuelven “perspicaces para discernir su interés común” e “incansables en perseguirlo.” A diferencia de agricultores aislados o la nobleza terrateniente, los comerciantes están “siempre dispuestos a unirse con los de su mismo oficio” para influir en el gobierno. Esta “gran asociación mercantil” podía “penetrar en los recovecos más profundos de la administración” y “controlar y dirigir las deliberaciones de los consejos nacionales,” actuando como un mecanismo vital de retroalimentación para asegurar políticas favorables al progreso económico.
10. La ambivalencia de Adam Smith y el colapso de la visión
Por la gratificación de las vanidades más infantiles, mezquinas y sordidas, gradualmente intercambiaron todo su poder y autoridad.
Declive feudal, no contención principesca. Adam Smith, en La riqueza de las naciones, describió cómo el comercio y las manufacturas erosionaron el feudalismo, conduciendo a “orden y buen gobierno.” Sin embargo, su relato se centró en señores feudales que inconscientemente renunciaban a su poder por “baratijas y chucherías”, más que en reyes contenidos por intereses económicos. Fue una victoria de pasiones consumistas sobre el poder a largo plazo de los señores, no un dominio de la racionalidad económica sobre las pasiones principescas.
Escepticismo sobre la mejora política. A diferencia de Montesquieu y Steuart, Smith tenía poca esperanza de que el desarrollo económico mejorara inherentemente los niveles más altos de gobierno. Afirmó famosamente que “la violencia e injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal antiguo, para el cual... la naturaleza de los asuntos humanos apenas admite remedio.” Creía que el progreso económico podía avanzar a pesar de la “locura e injusticia” gubernamental, sugiriendo una separación entre las esferas económica y política.
El colapso de “pasiones vs. intereses”. La mayor ruptura de Smith fue su visión reduccionista de la motivación humana. En La teoría de los sentimientos morales sostuvo que la ambición, el ansia de poder y el deseo de respeto se canalizan finalmente en el “deseo de mejorar nuestra condición” mediante medios económicos. Esto colapsó efectivamente la distinción entre “pasiones” e “intereses”, convirtiéndolos en sinónimos en La riqueza de las naciones y borrando así el marco intelectual que los había enfrentado.
11. La reversión no intencionada: cómo la visión se torció
La libertad nunca está en mayor peligro que cuando medimos la felicidad nacional... por la mera tranquilidad que puede acompañar a una administración equitativa.
La falacia de composición. Joseph Barnave, orador de la Revolución Francesa, introdujo una calificación crucial: “la moral de una nación comercial no es completamente la de los comerciantes.” Argumentó que, aunque los comerciantes individuales pueden ser ahorrativos, la moral pública general puede volverse pródiga y disoluta, demostrando cómo la suma de virtudes privadas no conduce necesariamente a la virtud pública. Esto desafió la optimista suposición de un vínculo directo y positivo entre el comportamiento económico individual y el bienestar social.
Ansiedad económica y despotismo. Adam Ferguson y Alexis de Tocqueville profundizaron en el lado oscuro del progreso económico. Ferguson señaló que el miedo a perder riqueza, o el resentimiento por la privación relativa, podía predisponer a la gente a aceptar un “gobierno despótico” que prometiera estabilidad. También advirtió que el deseo de “tranquilidad y eficiencia” en un estado comercial podía ser “más afín al despotismo de lo que solemos imaginar,” pues podría justificar la represión de la participación popular en aras del orden económico.
Apatía y tiranía. Tocqueville, observando la Monarquía de Julio, criticó a ciudadanos que, absortos en sus intereses económicos privados, descuidaban los asuntos públicos. Sostuvo que si “el gusto por los placeres materiales... se desarrolla más rápido que las luces y hábitos de la libertad,” una nación que solo exige “el mantenimiento del orden ya es esclava en lo más profundo de su corazón.” Esto reveló cómo el enfoque en los “intereses” podía inadvertidamente matar el espíritu cívico y abrir la puerta a la tiranía, una inversión radical de la visión esperanzada inicial.
12. La ironía de la justificación del capitalismo
Es mejor que un hombre tireanice sobre su saldo bancario que sobre sus conciudadanos; y mientras que lo primero a veces se denuncia como medio para lo segundo, al menos a veces es una alternativa.
Una intención represiva. La visión Montesquieu-Steuart, que veía al capitalismo como medio para domar pasiones destructivas, contrasta marcadamente con críticas posteriores. Las acusaciones de que el capitalismo inhibe la “personalidad humana plena” o conduce a la alienación atacan irónicamente justo aquello que se pretendía lograr: reprimir ciertos impulsos humanos y fomentar una personalidad más predecible y “unidimensional”, nacida del extremo temor a las fuerzas destructivas de las pasiones desatadas.
La crítica romántica. Una vez que el capitalismo alcanzó dominio y las pasiones parecieron realmente contenidas, surgió una “crítica romántica” que lamentaba la falta de nobleza, grandeza y pasión del nuevo orden burgués. Esta perspectiva, visible en pensadores desde Fourier hasta Marx y Weber, a menudo pasaba por alto que el “mundo de la ‘personalidad humana plena’” había parecido en épocas anteriores una amenaza que requería exorcismo.
Repetición de argumentos olvidados. La amnesia histórica sobre esta justificación original es notable. Keynes, en su defensa del capitalismo, retomó el sentimiento del Dr. Johnson del siglo XVIII de que la obtención de dinero canaliza “proclividades humanas peligrosas hacia canales comparativamente inofensivos,” desviando a los hombres de “la crueldad, la búsqueda temeraria del poder personal.” Esto demuestra cómo, sin conciencia histórica, los argumentos pueden repetirse, a menudo sin reconocer sus encuentros previos con la realidad o sus complejidades inherentes.
Resumen de reseñas
Los críticos coinciden en elogiar Las pasiones y los intereses como una obra brillante y concisa de historia intelectual que rastrea cómo la búsqueda del interés material propio se transformó de una avaricia pecaminosa en una fuerza civilizadora celebrada. El recorrido de Hirschman por pensadores como Maquiavelo, Montesquieu y Adam Smith se describe como lúcido, bien argumentado y notablemente accesible. Muchos destacan su ironía central: el capitalismo fue diseñado para reprimir las pasiones humanas destructivas, pero luego fue criticado precisamente por esa represión. Los lectores valoran de manera constante la erudición de Hirschman y su propósito de plantear, más que resolver, el debate en torno al capitalismo.